La morera del abuelo

Relatos breves

Apenas oyó la anciana la voz de su nieto y luego lo vio, salió al umbral de su casa como si le hubieran brotado alas. Su rostro, en el que noventa y dos años habían trazado sus arrugas, resplandecía. Lloraba de alegría y daba gracias por haber vivido, sana y salva, para volver a ver a su primer nieto. Después echó un edredón sobre el catre, tendió el mantel, sacó pan, azúcar y cuajada seca. Hablaron de todo un poco.

El nieto encendió un cigarrillo y dio la vuelta al patio, y como si lo viera por primera vez, se detuvo a mirar el muro de adobe, la parra, el manzano, el viejo tandur.

—¿Por qué han cortado las ramas de las moreras? ¿Para los gusanos de seda o para leña?

La anciana picaba zanahorias. Levantó la cabeza y sonrió.

—¿Te acuerdas de cuando eras niño, que en la temporada de las moras a veces pasabas horas sin bajarte del árbol?

—Claro… Como si fuera ayer.

—¿Cuántos años hace que te fuiste del pueblo? —preguntó la abuela.

—Este verano hará veinte. Todavía recuerdo que usted me repetía una y otra vez que uno debe hartarse de moras tres veces al año, cuando maduran. Yo cumplía su consejo… A propósito, hace mucho que quería pedirle que me contara más de mi abuelo.

—Tu padre tenía trece años cuando él se fue. Sabía algo de la letra antigua. ¿Sabes?, estas moreras las plantó tu abuelo hace setenta años. Un recuerdo, por así decirlo… Los troncos están huecos, las raíces se han secado. Por eso les cortaron las ramas.

… La abuela se hundió sin querer en sus pensamientos. El nieto no preguntó qué días le pasaban por delante de los ojos.

Pero se le vino a la cabeza que había cumplido treinta y siete años y todavía no había plantado un solo árbol.

Y la morera del abuelo se había secado de repente.

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