Tragedia

Relatos breves

Estaba sentado dentro de la casa cuando me llegaron los gritos de niños y de adultos. Pudo conmigo la curiosidad y salí al porche. El sol derramaba su luz sobre el mundo. Abajo, un grupo de gente se mantenía sin moverse del sitio, todos mirando a un mismo punto. Vi al gato negro y gordo, el ladrón. Un poco más arriba, una pareja de mainás, con los chillidos enroscándose hacia el cielo, se lanzaba sobre el ladrón como halcones. El gato, mientras tanto, se había erguido sobre las patas traseras e intentaba desviar el ataque de los pájaros.

Los mainás llegaban a un pelo de él y se retiraban de nuevo. Tres veces se atrevieron. Me quedé asombrado. Después miré al gato con más atención. Era evidente que la idea de huir no se le pasaba por la cabeza. Bajo su pata delantera yacía el pichón de la pareja, recién salido del huevo. Cada vez que el gato lo tomaba en la boca, los mainás se disparaban como flechas contra su cabeza.

La gente, tanto los niños pequeños como sus padres, estaba absorta en el espectáculo. Esperaban a ver cómo terminarían el afán del gato ladrón y la agonía de la pareja de mainás. Un niño reía. Una niña lloraba. Los dos por la desdicha de los mainás y de su cría. El pichón recién nacido, de tanto ser arrastrado y golpeado, ya estaba muerto. La pareja de mainás atacó una vez más. El gato no quería soltar el sustento que había tomado en la boca, y los mainás no querían resignarse ni a su propia suerte ni a la de su cría. El gato aguardó su momento, mordió al pichón y huyó. Los mainás dieron contra el suelo. Y volvieron a alzarse en el aire. La gente miraba sin moverse del sitio. Yo también. Solo el niño y la niña eran la excepción. Uno reía y la otra lloraba. Y del corazón y del hígado de la pareja de mainás salía humo…

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