La casa de los antepasados
El hijo mayor pidió a su madre la bendición para el camino. Los bienes y los enseres estaban recogidos; su mujer y sus hijos estaban listos para mudarse a su propio patio nuevo. La madre pronunció sobre ellos una buena oración. Y le vinieron las lágrimas. Sabía que la morada de su primer hijo quedaba cerca, pero que ahora, puesto que llevaría casa aparte, su propio mantel, su propia olla y su propio plato, se alejaba un paso. Después se consoló y dio gracias de que su segundo hijo fuera su compañía y su sostén.
Aquel mismo verano el hijo menor levantó para su madre, aparte de todo lo demás, unas habitaciones aireadas con su propio zaguán. Porque en otoño la madre pensaba traer una nuera a casa.
Gracias sean dadas, alcanzaron lo que deseaban. La madre volvió a tener un nieto.
Y desde entonces nadie vivió en la vieja casa del hijo mayor. Dentro se guardaban leña y carbón, y trastos sin uso. Ya no hacía falta embadurnar el techo con barro y paja para que no pasaran la lluvia ni el agua de la nieve. Con el tiempo el color se fue de las puertas y las ventanas, y los cristales se rompieron. La sal fue comiendo despacio los cimientos. Los listones del techo se pudrieron, las arañas tejieron sus telas. Desde la estación en que quedó vacía de gente, ninguna primavera volvieron las golondrinas a anidar allí. La parra que se alzaba delante de la casa apenada se podaba a su tiempo y se rociaba, y aun así el polvo le arruinaba el fruto de arriba abajo.
Entretanto el nieto creció. Estudió y, en un país extranjero, cumplió su servicio a la patria. Un día, por casualidad, a una hora en que los dos hermanos se habían reunido con sus mujeres y sus hijos alrededor del mantel de su madre, abrió su corazón.
—Quiero derribar aquella casa vieja y levantar una nueva de ladrillo.
El nieto menor esperó su consentimiento.
La mujer de noventa años soltó un suspiro y dijo:
—Hace casi sesenta años mi difunto marido levantó con sus propias manos la armazón de esta casa y le puso las puertas y las ventanas.
El hijo mayor recordó:
—Mi infancia, y también mi boda, transcurrieron en esta casa.
La nuera mayor entró en la conversación.
—Hace treinta y seis años, al comenzar la estación en que caen las hojas, di a luz dentro de esta casa vieja a mi hijo mayor.