La herida de la palabra
Éramos niños. Estábamos en séptimo curso. Desde hacía una semana nos daba literatura un maestro nuevo. Lo tenían por sumamente serio, severo y sabio. En verdad tenía la lengua cortante, se sabía muchísimos versos de memoria, hablaba sin libro delante. Nadie se atrevía a decirle una palabra al compañero de pupitre, ni a ocuparse en nada ocioso. Aquel día el tema era el metro aruz.
El maestro preguntaba a cada uno. Estaba claro que se esforzaba por que todos entendiéramos la esencia del aruz. Quizá suponía que en el futuro no pasaría ni un día nuestro sin él. Los compañeros contestaban hasta donde alcanzaban sus fuerzas, entendiendo o sin entender. Le tocó el turno a Validzhon. Se levantó de su sitio.
—No lo sé.
—¿Por qué?
—Porque no lo entiendo.
—Hay que estudiar.
—Estudié. Pero no lo entiendo.
—¿Tienes cabeza?
—La tengo. Aun así, de mí no va a salir ningún poeta. Supongo que no es obligatorio saberlo.
Todos nosotros, que temíamos la sola presencia del maestro, nos quedamos asombrados del atrevimiento de Validzhon, y nos limitamos a mirar el cruce de palabras entre los dos.
—¿Dónde trabaja tu padre?
Validzhon bajó la cabeza. Nosotros conocíamos el motivo, y el maestro no. De otro modo probablemente no habría preguntado. El silencio lo rompió uno de los compañeros del primer pupitre.
—Guardián en el hospital de las enfermedades del espíritu —dijo en un susurro. Pero todos lo captaron.
—Entiendo. En ese caso, si no eres capaz de entender el metro aruz, te irás a hacerle compañía a tu padre.
En los ojos de nuestro compañero se formaron lágrimas. Quiso decir algo. Pero no pudo.
El timbre del recreo nos devolvió a nosotros mismos. Con un solo corazón, toda la clase escribió una solicitud dirigida al director de la escuela. Nos nombraron un nuevo maestro de literatura.
Pasaron los años. Los compañeros nos reunimos de vez en cuando. Me vienen a la memoria la infancia, la escuela, los maestros. El nombre del maestro del aruz lo pronunciamos con frialdad.
En cuanto lo veo por la calle, las lágrimas de nuestro compañero se me ponen delante de la memoria, y no consigo saludarlo con afecto.