La calumnia
—Levántate de tu sueño, hijo, que es tarde.
—Hoy es domingo, dada. Es día de descanso, y afuera todavía está oscuro como boca de lobo.
—Lo sé, pero hay que ir al mercado. Digo que lleguemos temprano, antes de que se haya volado la bendición del comprar y del vender.
—Ya voy, en un momento estoy listo.
Desde el principio del camino hasta el final, padre e hijo fueron callados, cada uno hundido en sus propios pensamientos. El padre echaba zancadas largas. El hijo corría ágilmente, diciéndose que no debía quedarse atrás.
—Dada, ¿vamos al mercado de ganado?
—Sí.
—¿Compramos una novilla?
—¿Tú de dónde lo sabes?
—Estuve despierto de noche. Os oí hablar a ti y a mi madre.
Del pastizal de la granja había desaparecido una vaca, y como durante dos semanas no se había hecho el recuento de cabezas, nadie se había enterado. El ganado lo habían traído tiempo atrás del distrito vecino. Como no se había repartido entre los pastores, tampoco se le había quitado del cuello al contable. Justo en ese intervalo una novilla se había esfumado sin dejar rastro. La gente de la granja no sabía nada de la suerte del animal. Buscar y preguntar no dio provecho alguno. El encargado lo comunicó a la oficina del koljós y les puso el asunto atravesado en el camino. En una asamblea plenaria que se alargó hasta media noche juzgaron al contable, lo declararon culpable y le exigieron que a la mañana siguiente trajera una vaca y la entregara en lugar de la que faltaba. De esto le había abierto el corazón el hombre a su mujer.
El trato les salió bien. Compraron una hermosa novilla manchada.
—Dada, ¿la llevamos derecho a la granja?
—Sí.
—¿Se la entregamos al pastor?
—Sí.
—¿Y después?
—Y después nuestra alma queda libre, hijo mío.
El hombre sacó la cuerda nueva de la vaca por la punta del cuerno. Su hijo tiró la vara con que la había arreado. Ajustaron cuentas con el pastor.
Padre e hijo se inclinaron al borde de la acequia y se lavaron las manos y la cara.
—¿Cómo han quedado los precios del mercado esta semana? —preguntó el pastor, enderezándose.
—No han cambiado.
—La habréis regateado por unos quinientos, supongo.
—Un poco más.
—Es una injusticia, una injusticia. Hay malditos que enturbian el agua y en ella pescan. Un día, tarde o temprano, les brotará por la piel —y el pastor se fue hacia la caseta del guarda.
Padre e hijo se quedaron solos. El hombre estaba sentado acariciando el pelo revuelto de su hijo, hundido en sus pensamientos.
—Hijo mío, créeme, no soy culpable. Ni he robado. Créeme —dijo.
El padre volvió la cara hacia el otro lado, no fuera que su hijo viese la gota de lágrimas en sus ojos.
Le subía la pena de la humillación de los injustos, de la falta de humanidad, de su propia impotencia, y dentro del corazón repetía una y otra vez:
—Créeme, hijo mío. No soy un ladrón.