El camino hacia el abrazo de la madre

Relatos breves

En el aire de una habitación donde la luz de la luna fría del cielo de invierno arrojaba su reflejo sobre la pared blanca, una voz conocida resonó un instante:

—Hi-i-ijo mío.

Y desapareció. Aquel instante bastó para que él oyera a la dueña de la voz y, más aún, la reconociera. Pero era el corazón de la noche y el sueño le había robado la razón y los sentidos, y ya no tuvo modo de pensar qué aparición había sido aquella ni adónde se había ido.

Oyó sonar el teléfono y se levantó sobresaltado de la cama caliente; el timbre le pareció más fuerte que de costumbre.

—Diga —dijo Shuhrat, con los ojos aún no acostumbrados a la oscuridad. Reconoció la voz serena de su compañero de clase. Y preguntó:

—¿Va todo bien?

—Mm. Tu padre me pidió que te hiciera llegar esto: el estado de tu madre se ha agravado. A la casa de tu hermano avísale tú mismo.

Shuhrat entendió el sentido de la llamada. Desde hacía años esperaba ese instante. Y he aquí que había llegado; solo le dolía que no le hubiera sido concedido tomar la mano de su madre en el último aliento.

Junto con su hermano, la mujer de su hermano y el hijo de ambos, Qobus, de ocho años, se puso en camino hacia el puerto. Aquel camino en el cielo lo habían cerrado un mes antes, porque había caído tanta nieve que había puesto la cumbre entera bajo su dominio. Pero la gente de la montaña, cuando tenía asuntos que atender, encontraba manera de cruzar a pie y a caballo, según la vieja costumbre. El lugar que tenían por el más difícil de todos, el que llaman intransitable, era Shodmondara. Del otro lado no hay nada que temer.

Faltaba poco camino hasta la falda del puerto cuando les llegó el olor de la nieve y se sintió su frío cortante; el cielo sobre el puerto se fue oscureciendo cada vez más. Y el coche avanzaba con dificultad. Dentro iban otros cuatro compañeros de viaje, con bolsas llenas de ropa de abrigo y de provisiones.

Qobus dijo que tenía hambre.

Shuhrat le dio pan y una manzana. Su sobrino se calmó.

Ellos también tenían hambre, pero el corazón no les pedía nada; como siempre, una vez pasado el puerto, hacia el mediodía tomarían el primer alimento.

El coche subió muy alto, el camino se retorcía como una serpiente, desde la cabecera del puerto el pueblo de abajo brillaba como si cupiera en la palma de la mano. Esta vez Shuhrat no miró mucho rato, solo echó una ojeada, porque tenía la mente atada a su casa.

La noche de la boda, él y su padre se sentaron a la cabecera de su madre.

—Vieja, mira, tu hijo menor se ha puesto la túnica de novio. Tú lo deseabas, y lo has visto. No nos queda ya ningún anhelo sin cumplir.

Shuhrat llevó a los labios las palmas encallecidas de su madre y las besó. Y pareció que la luz aumentara en los ojos de la anciana, que sus labios se inclinaran hacia una sonrisa, que su rostro buscara la fuerza de abrirse como una flor.

Pasados los cuarenta días, los novios vinieron a la ciudad. Dos meses después Dilafruz le dijo a Shuhrat:

—Me voy al distrito.

—¿Ha ocurrido algo?

—No, solo quiero estar con tu madre, recibir su bendición.

—Mi madre estará en cama, pero no está sola.

—Lo sé. El viejo es un hombre; tiene las manos atadas.

—Mis hermanas vienen a menudo, la cuidan.

—No te engañes a ti mismo. Tienen muchos hijos, están atadas a las preocupaciones de sus propias familias, viven en otros pueblos.

—Bueno, si se pone muy difícil, las vecinas ayudan.

—¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo va a esperar una madre, en cada momento de necesidad, la buena voluntad de otras? ¿Y quién va entonces a ir a llamarlas?

Dilafruz, que se había criado en un pueblo, conocía muchas de las sutilezas de la vida, y por eso miraba lejos.

Y Dilafruz mantenía cada día blanda y limpia la cama de la anciana postrada, le peinaba el pelo blanco, le lavaba y le frotaba las manos y los pies sin fuerza y agarrotados.

Libró a su padre de la vergüenza ante la gente. Dilafruz era la guardiana del mantel y el calor de la casa.

Y le llegó su hora, y Dilafruz trajo al mundo al nieto del anciano.

—No hay manera de seguir —el conductor detuvo el coche—. No quiero poner en peligro sus vidas. Que pare la nieve, que salga el sol, y entonces…

Por los cuatro costados todo estaba bajo la nieve, y en el aire también danzaban los copos.

—Ahora tampoco podemos volver atrás —volvieron a oír la voz apenada del dueño del coche.

—Alguna manera habrá —dijo el hermano de Shuhrat.

Nadie emitió sonido alguno; se habían entregado a la espera.

Pero ellos, Shuhrat y los suyos, tenían prisa.

Y en aquel momento, al parecer, en el mundo entero no había cosa ni criatura más fuerte que el puerto. Lo amargo era que el puerto no comía la pena ni el duelo de aquellos cuatro viajeros. El puerto era mudo y sordo y frío; no sabía que del otro lado, más abajo, el cuerpo de la madre de Shuhrat esperaba a sus hijos. El puerto estaba allí sin piedad y sin sentimiento.

El día se hizo tarde, y bajó la noche oscura.

Los adultos, a la luz turbia de la lámpara mortecina del interior del coche, comieron lo que cada uno tenía. Pero Shuhrat y los suyos apenas se llevaron unos bocados a los labios. Por primera vez comprendió hasta qué punto un pedazo de pan puede a veces ser amargo.

La cosa ya no tenía remedio. El destino había dictado su sentencia. Quedaron privados de la última visión del rostro frío y surcado de su madre.

—Los parientes, los allegados, la gente del pueblo, todos se habrán reunido ya.

—Eso se da por descontado. No habrán dejado solo al viejo —respondió Shuhrat con firmeza—. Solo que, de tanto vigilar nuestro camino, habrán llegado a una única conclusión.

Habían cruzado el puerto decenas de veces en un sentido y en otro, y es la primera vez que esta cumbre sin vida e indiferente los toma cautivos en su propio abrazo, y no se sabía cuándo les daría la carta de libertad.

Una vez, en pleno verano, había telefoneado para decir que al día siguiente, a tal hora, llegaría al distrito con tres compañeros de trabajo; tenía un viaje de servicio. Pero la palabra dada en casa no se cumplió en el mercado. Salieron dos horas tarde, descansaron por el camino un poco más de lo previsto, y en el momento en que entraron en el pueblo de Dashti Qozi, Shuhrat vio de lejos a su padre, en el recodo que precede a su patio. El anciano estaba de pie, derecho, al borde de la acequia.

Solo por la tarde supo Shuhrat, por boca de su mujer, que su padre había estado más de cuatro horas esperando en la calle, sin apartar los ojos del camino por donde vendría su hijo.

Al anochecer Shuhrat y sus compañeros entraron en el patio, se lavaron las manos y la cara y se sentaron al mantel. Después del «Bienvenidos, queridos huéspedes» y del té caliente traído, Shuhrat y su padre se excusaron y salieron.

Juntos fueron a ver a su madre, que tenía un cuartito propio. Cada vez que venía, Shuhrat besaba aquellas mejillas que un tiempo fueron tan encendidas, y se llevaba a los ojos sus manos exangües.

—Vieja, tu hijo menor ha venido con sus amigos a verte.

Las lágrimas hicieron corro en los ojos de la madre.

—Gracias sean dadas. Mi Shuhrat se ha hecho digno de la bondad de los amigos, y yo no puedo levantarme de mi sitio para rendir a los huéspedes el honor y el respeto que les corresponden.

—No, no, no se lo tome a pecho, todo está preparado. ¿Le traen de vez en cuando a su nieta para enseñársela? —le preguntó a su madre.

La anciana parpadeó, y aquello llevaba el sentido de «sí».

—Hemos matado una oveja, vieja —dijo el anciano—. La nuera traerá el caldo enseguida.

Cuando volvió al mantel, uno de los huéspedes preguntó:

—¿Tu madre no sale a vernos? ¿Está de salud?

—¿Quién? —Shuhrat no comprendió.

—Tu madre, digo. ¿Se encuentra bien?

—Sí, hace dos o tres días se fue a casa de mi hermana mayor; quizá venga hoy.

A Shuhrat no le daba vergüenza, pero aquel día no quería que sus amigos pasaran apuro sobre el pan y la sal.

Medio dormidos, medio despiertos, pasaron las horas, y amaneció la mañana del día nuevo. «Si estuviéramos en casa, esta mañana iríamos a la tumba de mi difunta madre.» Y apretó los dientes. El conductor fumaba.

—Menos mal, ha dejado de nevar.

—El camino está cortado igual.

—Del otro lado del puerto, si hay un tractor, limpiará la nieve y vendrá abriendo el camino tramo a tramo.

—¿Y si no viene? —preguntó su hermano.

—A decir verdad, y deberían saberlo, esta no es la temporada en que se abre el camino del puerto. Y además, ¿acaso el hombre de la excavadora ha tenido un sueño en que estamos aquí atrapados?

—No —dijo Shuhrat—. Es necedad esperar gracia y misericordia de este tiempo. Para nosotros el único camino es ir a pie. A Qobus lo llevaremos a la espalda por turnos. Bájele las orejeras del gorro, cuñada, no vaya a cogerle el frío las orejas, y átele también bien la bufanda. Del otro lado del puerto seguro que se encuentra algún coche, o cuando menos un tractor. Al fin y al cabo el viejo sabe que hemos hecho el equipaje para el camino; si no llegamos, ¿qué va a ser de él?

La nieve llegaba a la rodilla; en las cumbres del puerto llegaba a la cintura; y del otro lado fue bajando poco a poco hasta la rodilla otra vez. El autor se esfuerza por hacer imaginable la dureza de aquellas horas, pero la pluma es impotente para describirla y expresarla. Aunque uno tenía los pies hinchados y otro los pies helados, y los arrastraban como leños, no podían creer que hubieran escapado del cerco y de las garras de las nieves del puerto.

Como si hubieran escapado.

Se sentaron al borde del camino para recobrar el aliento con calma y volver en sí; al fin y al cabo habían dejado atrás el tramo intransitable.

El estruendo de un alud que bajaba desde arriba los arrojó a todos, en un solo instante, al espanto. Su hermano y la mujer de su hermano saltaron y huyeron de las fauces de la desgracia. Shuhrat también habría podido, pero vio que su sobrino Qobus, corriendo por su vida, había tropezado. Y él, que era el más cercano de todos, se detuvo y volvió atrás. Levantó a Qobus y lo empujó hacia delante, con la esperanza de que la velocidad de su carrera aumentase un poco.

Enderezó el cuerpo. Ya no quedó tiempo para dar un paso.

El alud mezcló piedras y grava y toda criatura que se hallaba en su camino, y lo barrió todo. También a Shuhrat lo arrojó a sus fauces.

Durante un segundo oyó con claridad, junto a su oído, aquella voz que le era familiar desde la infancia. Y luego las olas traicioneras del alud mezclaron a un hombre, a un mundo, a una voz querida, y los aplastaron juntos.

Las montañas calladas que tenía enfrente, el cielo oscuro y alto, parecían haber caído en el asombro ante aquel juego de la vida y de la naturaleza.

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