El niño que vende pistachos

Relatos breves

Su choza de barro estaba en la cima de un cerro. Todos los días el niño bajaba durante media hora, con facilidad y ligereza, por el sendero de su padre, porque aparte de su familia nadie más vivía allá arriba; y a la hora en que el sol había desaparecido del todo y la oscuridad aplastaba cuanto había alrededor, se echaba el fardo a la espalda y, si iba vacío, volvía a casa cantando, y los días que salían mal caminaba cabizbajo y apenado. Era el camino de su infancia. En primavera, en verano y a comienzos del otoño andaba descalzo, y el resto del año llevaba las botas viejas de su padre, tiesas y ásperas.

A lo largo de la gran carretera asfaltada, por donde pasaban deprisa y a menudo coches de todos los colores, empezaban el bullicio alegre y el movimiento, lo que podríamos llamar la vida verdadera, siempre que este o aquel conductor reparase en él y se detuviera. El niño veía a los viajeros y sentía siempre el anhelo: ahí van hacia la ciudad, o vuelven a sus casas después de haber visto la ciudad. A los niños de su edad los envidiaba con el alma y el corazón, los envidiaba y se consolaba pensando que poco a poco, cuando hubiera juntado algo de dinero, su padre lo llevaría sin falta a la ciudad. Dicen que la ciudad está llena de gente y llena de ruido, que tiene muchos edificios altos y tiendas de todas clases, tantas que una persona del campo no se atreve a entrar. Detrás de las cabras y las ovejas el niño había recorrido largas distancias, cerro tras cerro, y todavía no había visto la ciudad.

Un Volga blanco cortó el hilo de sus pensamientos. Un hombre alto de traje bajó antes que todos los demás y se fue hacia los montículos. El conductor y otros dos hombres bajaron, primero bostezaron y luego se estiraron la espalda. El niño, teniendo el momento por botín, encendió un puñado de ruda silvestre. Llevó la lata ennegrecida de hollín por debajo del coche e hizo el conjuro sobre las ruedas. En ese momento el dueño del coche dijo con indiferencia:

—Eh, amigo, vamos, al menos aquí no des la lata.

—Camino blanco para ustedes. Que el viento pase siempre por debajo de su coche.

El niño dejó a un lado la lata de la ruda y adelantó su saco.

—Lleven pistachos, tío. Sartas largas. No hay ninguno vacío.

—Primero dime, ¿tienes agua? —preguntó el hombre que se había ido detrás de los montículos.

—Sí, agua de manantial, limpia, ahora mismo…

Diez metros más allá, detrás de un peñasco, el niño trajo una tetera de agua.

—Vamos, echa, lavémonos las manos. ¡Ah, ah, ah! El agua de manantial es íntima del alma. ¿Está lejos de aquí el manantial? —preguntó con curiosidad, bebiendo del pico.

—Para nosotros, que estamos acostumbrados, cerca. Para ustedes, los de la ciudad, lejos.

—¿A cuánto tus pistachos, listillo?

—Diez diram.

—Aparta diez sartas. Y no te saques de la cabeza la cuenta de tu agua.

—Por nuestras tierras no se vende el agua.

—Ya. ¿Cuántos años tienes?

—Doce. ¿Por qué?

—Tienes la edad de mi hijo.

—¿Su niño va a la escuela?

—Claro, pero va flojo, es perezoso. ¿Y tú, en qué curso estás?

—¿Yo? En los años de la guerra la puerta de la escuela estaba cerrada, y cuando llegué a los nueve o diez había mucho trabajo: las cabras y las ovejas, la vaca, no hay tiempo para estudiar. Después dijeron que nuestra escuela no tenía maestro y la trasladaron a otro pueblo.

—Vamos, en marcha. ¿Qué haces ahí de cháchara con un niño de la calle del tamaño de un palmo?

—Un momento, un minuto. —El interlocutor del niño le tendió el dinero y se dirigió al coche.

—¡Tío, tío, este dinero suyo es demasiado!

—¡Que estés bien! —fue todo lo que el niño alcanzó a oír, y en el lugar donde un instante antes estaba el coche blanco pendía ahora un anillo de polvo y de bruma.

Hay gente de todas clases, dice su padre. Dos veces al mes su padre se levanta del sueño a las tres o las cuatro y degüella una de las ovejas gordas, separa la cabeza y las patas, la parte coyuntura por coyuntura con el cuchillo, la echa en una alforja y se la lleva a la ciudad, a sus viejos conocidos que venden peines y cuchillos. Según cuenta él mismo, como la deja más barata, tres o cuatro hombres se juntan y se reparten la oveja entera. Más tarde, con la alforja llena, vuelve sin falta; pero del padre no hay esperanza. Está bien claro que tampoco esta vez hará lo que el niño le pidió.

Un Zhigulí rojo se detuvo. El conductor sacó agua del maletero y la echó en el radiador.

El niño corrió hacia ellos. Dos hombres discutían dentro del coche.

—Tío, pistachos…

—¡Tío! ¡Tío! ¿Qué dices? ¡Quítate de mi vista, lárgate!

El niño no dijo palabra y volvió a su sitio.

A veces el niño se quedaba asombrado y pensaba que en este mundo pequeño de su carretera nadie conoce a nadie, nadie tiene nada que ver con nadie, todos son extraños. Para ocuparse en algo, recogió hierba de junco y sin apresurarse trenzó un sombrero. No era hermoso ni hecho para durar, pero le guardaba la cabeza al abrigo de la luz ardiente del sol.

Un autobús amarillo de pintura desvaída se detuvo al borde del camino. Su motor debía de tener alguna avería, porque el conductor se puso a buscarla. Durante unos instantes el niño se quedó clavado. Desde dentro del autobús diez o veinte pares de ojos de su edad lo miraban.

—Sartas de pistachos, pistachos dulces —dijo el niño trabándosele la lengua.

—El que quiera pistachos, que baje a comprar —dijo una de las mujeres, que eran dos—. Pero si os duele la barriga, yo no respondo.

Por suerte el niño tenía muchísimas sartas. Alcanzó para todos y aún sobraron cuatro o cinco.

—¿Van a la ciudad? —preguntó el niño con anhelo.

—Sí, vamos de excursión. Vamos a ver el circo, vamos a ver el jardín de los animales —dijo una niña.

—Echaban de menos a los monos —añadió sonriendo un niño de constitución delgada, en broma.

—¿Vuelven por la tarde?

—Sí. ¿Dónde iba a dormir tanta gente?

El niño ya no oía hablar a nadie. El corazón le entró en hervor de golpe. Ay, cuánto quería estar con estas niñas y estos niños, ir a la ciudad. Pero se acordó de que su sombrero era de hierba de junco, de que la camisa y el pantalón llevaban mucho sin lavar, y de que él mismo iba descalzo.

Tres veces seguidas el conductor arrancó el motor del autobús y lo caló. Al fin anunció que se ponían en camino.

—¡Maestra! Por favor, tengo una petición. Todos estos pistachos son para usted, tómelos, tómelos, gratis. Sí, niños, también tengo una tortuga —y la sacó del saco—, esto es un regalo para vosotros. Ahora mismo…

El niño corrió ágilmente detrás del peñasco. Y un instante después trajo un puñado de flores de montaña de siete colores, que había envuelto en papel húmedo.

—Esto también es para usted, maestra. Solo tráigame un libro, se lo ruego, un libro.

Dentro del autobús, por espacio de unas respiraciones, se hizo un silencio completo. Fuera pasaban en un sentido y en otro coches de todas clases y gente desconocida.

—¿Qué clase de libro? —preguntó la maestra, sorprendida.

—Un libro de escuela con letras grandes, grandes. En color, con dibujos.

—Lo intentaremos. En la ciudad debe de haberlo —dijo la otra maestra.

—Yo esperaré. La gente me ha engañado varias veces. Hasta se llevaron mi dinero y se fueron, y después pasaban de largo sin parar.

Y el niño bajó del autobús con la mirada brillante y llena de esperanza.

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