Conversación
En pleno apogeo de la estación que esparce las flores, el Viejo Pintor trabajaba en su taller, completamente solo. Frente a él se alzaba su caballete, el viejo compañero de tres patas con el que había recorrido miles de leguas en busca de algún paraje raro y hermoso; allí estaba, callado. Sobre la mesa de pintura desvaída, sobre armarios que quedaban de los días de Daquianús, y a lo largo de las cuatro paredes se veían docenas de cuadros, en color y en blanco y negro, pequeños y grandes, acabados y sin acabar: paisajes, estudios, rostros de mujeres del pueblo, de ancianos, y toda clase de objetos más. El suelo sin brillo, lleno de bastidores y de cántaros de barro y de cobre comidos por el polvo, daba noticia de que hacía un año o más que nadie, ni mujer ni hombre, había pasado la escoba por allí.
Los ojos del dueño del umbral y los de sus amigos, casi todos del mismo oficio, se habían acostumbrado a aquel desorden y no se molestaban por él: tenían semejante estado de cosas por un fenómeno corriente. Lo importante era que docenas de sus cuadros habían sido creados en ese mismo aire y en esa misma habitación, habían adornado exposiciones y habían ido a caer ahora a los rincones del país y al extranjero cercano y lejano. Coleccionistas y aficionados curiosos habían comprado muchísimas de sus obras como regalo. Y he aquí que el Viejo Pintor había vestido con el traje de la acción el antiguo deseo de su corazón: había llevado por fin hasta el final su propio retrato, y lo había firmado. Retrocedió un paso o dos y miró con ojo escrutador los distintos puntos de la obra. Inclinando la cabeza ora hacia el hombro derecho, ora hacia el izquierdo, clavaba los ojos en el cuadro desde uno y otro ángulo. «También las arrugas, Dios me perdone, resulta que le sientan bien al hombre.» En los momentos de afeitarse nunca les había prestado atención. ¿Y ahora? El retrato está sobre el caballete, y puede mirarlo cuanto le plazca, y contar las huellas de los pliegues, ordenados como una labor de adorno. Cada uno de ellos un camino, un secreto, un trozo cuajado de su vida.
—Así están las cosas, viejo —dijo el Viejo Pintor al retrato, en apariencia con reproche, en verdad con orgullo.
En ese instante, sin que lo esperara, por la ventana de hojas entró volando un pájaro al taller, muy a su gusto y sin miedo. Dio una vuelta bajo el techo y se posó con gracia sobre el caballete.
—¡Pajarillo no invitado! ¿De dónde has venido?
—¡Dónde! ¡Dónde! ¡Dónde!
Un loro. El pintor lo reconoció enseguida, y el ave repitió la palabra a medio tragar.
—¿Tienes sed, hermosa criatura, o hambre? ¿No?
—¡No! ¡No! ¡No!
—¡Qué lengua tan pronta! —asombrado, el Pintor se sentó en el viejo sillón blando.
El loro alzó el vuelo, se posó en la cabeza de un clavo de la pared y batió las alas. Del clavo colgaba un ábaco grande y negro, con sus alambres y su bastidor de madera firmemente suspendidos.
—Por favor, ni se te ocurra… —dejó oír el dueño del taller, sin moverse del sitio.
—¡Ni! ¡Ni! ¡Ni! —gritó el pajarillo, paseando alrededor sus ojos brillantes.
—Entendido. Lo decía por decir, no te ofendas. Ese es el ábaco de mi padre. Que Dios lo reciba en su umbral. Toda la vida nos dio de comer con las cuentas y los libros del trabajo de los labradores. Para mí es sagrado. Es la única y mejor herencia que tomé para mí, como señal de memoria. Todo lo demás de ellos lo repartí entre mis hermanas y mi hermano después de que se fuera nuestra madre. Ellas son todavía jóvenes, y yo soy viejo. Los bienes de este mundo no tienen para mí ningún sentido.
Dio un hondo suspiro.
Después, con un martillito, cascó una nuez y sin apresurarse desmenuzó la pulpa con un cuchillo viejo y romo, la puso en un platillo de color apagado y de borde mellado aquí y allá, y lo empujó hacia el loro.
—¡Toma, come!
El ave se acercó volando como si hubiera entendido, y dio uno o dos picotazos. Giró en el sitio con varios saltitos, luego se fue batiendo las alas y se posó sobre un busto blanco sin cabeza.
—¡Buen sitio has ido a encontrar para poner las patas! —gruñó el Pintor su disgusto—. Dios es testigo de que lo tiré sin querer y aquella hermosa cabeza se hizo pedazos. Quise recomponerla, vi que no podía ser, y lo dejé solo.
—¡Solo! ¡Solo! ¡Solo! —pronunció el pajarillo.
—¿Quién está solo, qué está solo? Simple que eres. La pobre era encantadora. ¡Ah, cómo la quise! De la cabeza a los pies era primavera, primavera que esparce las flores. Y de repente perdió el camino. Me dejó con nuestros tres hijos y se fue. Si una mujer sale sin juicio, la casa que se quede aparte: es el mundo el que arde.
—¡Juicio! ¡Juicio! ¡Juicio! —volvió a levantar la voz el loro.
—Si hubiera tenido juicio, ¿habría tomado la mano de otro hombre? Cuando hice ese busto, sus ojos y su rostro todavía tenían luz; era madre de niños de nueve y de seis años y de mi delicada hija de tres. Qué fue lo que la sedujo, no lo sé. No pregunté. De vez en cuando la veo por la ciudad; a esa extraviada la conozco a setenta metros, y me paso a la otra acera para que mi ojo no dé con su ojo y no me haga falta lavarme la cara tres veces. Gracias a Dios, pasó. Cayendo y levantándonos, mis hijos y yo crecimos juntos. Qué días nos pasaron por encima. ¿A quién se le cuenta todo eso? Pero ¿se puede lavar la mancha de un corazón? Dímelo tú mismo. Quizá también a ti te ofendió alguien, o te echó de la jaula, y por eso viniste volando aquí. Quién sabe.
El loro iba y venía por el marco del retrato del Viejo Pintor.
—¡Cara! ¡Cara! ¡Cara! —dijo.
—Cara no. Arrugas de arriba abajo.
—¡Rugas! ¡Rugas! ¡Rugas! —repitió el loro.
Ahora se posó en otro cuadro. Aquel se llamaba La música del vivir. Extraño espectáculo: tres mujeres de cuerpo sumamente hermoso, desnudas como nacieron, una de ellas con un dutar en la mano, al parecer entrelazadas, habían llegado suspendidas al vuelo. A su altura giraba también un caballo de Jatlón con pies de viento, complacido, según parecía, por los cuerpos delicados y del todo desnudos de las damas.
—¡Desnudas! ¡Desnudas! ¡Desnudas!
—Tus ojos están ciegos. Por eso dices disparates.
La puerta rechinó y se entreabrió. La hija del Viejo Pintor asomó la cabeza.
—Dada, hola, he oído su voz. ¿Con quién está hablando?
—Nada, por decir algo. Conmigo mismo, luz de mis ojos. Conmigo mismo.