El zoológico
Este suceso sangriento e inaudito cayó de pronto sobre la vida de la gran ciudad y duró apenas un día y una noche —veinticuatro horas, o mil cuatrocientos cuarenta minutos— y levantó un clamor no solo en todos los rincones de la metrópoli, sino a miles de leguas más allá. Y la mayoría de los habitantes comprendió que el mundo de hoy es cosa muy frágil y que en un instante puede venirse abajo en una ruina llena de tragedia…
El aire estaba oscuro; espesas nubes negras habían cubierto por entero la faz del cielo.
Y de pronto apareció una escena extraña.
Desde el suroeste de la gran ciudad pasó volando, con vuelo parejo, una muchedumbre incontable y clamorosa de cuervos, como si estuvieran formados en filas. Y eso que apenas empezaba a reinar la dulce estación de la primavera. Miles y miles de cuervos cantaban un canto de espanto. Mientras tanto, cientos de vecinos, como si fueran sordos o ciegos, seguían despreocupados en su ir y venir y ni siquiera levantaban la cabeza hacia el cielo.
Un joven fue la excepción. Movido por la curiosidad, se detuvo a mirar. Y observando con vivo interés, advirtió que contra aquella muchedumbre —contra los suyos— un cuervo batía las alas, se retorcía, buscaba entre sus semejantes, en medio de aquella oleada poderosa, un camino en sentido contrario; y, cosa asombrosa, sin rozar a ninguno, avanzaba poco a poco, con gran dificultad. Pero los suyos eran innumerables…
¡Pobre cuervo! ¿Para qué te esfuerzas en vano? Lo que haces es como trazar una figura sobre el agua. No es fácil erguirse frente a la multitud, pensó el joven. Al mismo tiempo rindió homenaje al arrojo y a la firmeza de aquel cuervo solitario y terco.
Quería ver cómo acabarían el afán y el vuelo del cuervo. Pero la ola de aquella muchedumbre de cuervos no acababa nunca, de modo que el cuervo terco, valiente y rebelde alcanzara el cielo libre.
Se le cansaron los ojos.
¡Que Dios te guarde, cuervo solitario!
Y el joven se fue tras sus otros pensamientos…
Todavía estaba soltero y atravesaba su vigésima séptima primavera; había nacido y vivía en una metrópoli no tan grande —una ciudad cuya población pasa un poco de los cinco millones—, y además hablaba y escribía con soltura y cultura varias lenguas, y había viajado muchas veces en misión a otros países del mundo, incluso al otro lado del océano; de cuando en cuando le venía a la memoria, a retazos, un cuento extraño que había oído de su abuelo en la adolescencia…
Érase que se era, y no era: en un tiempo lejano, en una tierra próspera vivía un padishah. Un día su mujer enfermó y, poco después, por mandato del destino, murió. El rey y su hijo quedaron solos. Pasaron los años, y la Sombra de Dios volvió a casarse, y su mujer, al cabo de nueve meses, nueve días, nueve horas y nueve minutos, dio a luz una niña.
Gracias a su viveza y a su don de observación, el hijo del rey llegó a saber el secreto de su hermana, y los astrólogos de la corte y los sabios, llenos de asombro, de pesar y de miedo, sacudieron la cabeza y dijeron:
—Esta criatura traerá muchas desgracias a nuestra tierra; su paso no es bendito y ella misma no tiene piedad, porque viene del linaje de los divs bebedores de sangre…
La madrastra montó en cólera y expulsó al muchacho de la corte; el padre, aunque le ardía el corazón, no se atrevió a interponerse por miedo a su joven esposa. En ese tiempo la hija de la Sombra de Dios llegó a la edad, y se cumplió la predicción de los astrólogos, de los sabios y de los adivinos. La muchacha nacida de divs devoró primero, uno a uno, a todos los animales de la casa. Después a su padre y a su madre, después al resto de su parentela. Al cabo de un poco de tiempo, en aquella tierra dichosa no quedó un solo ser vivo. El hijo expulsado de la corte pasó por muchas cosas; entre otras, en el bosque ató un hilo de amistad con dos cachorros de león huérfanos; y al final aquella muchacha de estirpe div, que también se proponía comerse al hijo del rey, fue desgarrada en crudo y hecha pedazos por aquellos leones que en su día habían conocido su bondad; pero ni siquiera acercaron el hocico a su carne…
El león, rey de los animales, miró la figura tallada en la piedra, en la que un hombre de brazos poderosos desgarraba las fauces de un león, y dijo: —Si los leones tuvieran el don de la talla, habríais visto al hombre bajo las zarpas del león…
Uno de los hallazgos más raros y más dignos de verse de la metrópoli era, sin duda, este mismo zoológico. Se alzaba casi en el centro, sobre una isla de más de veinte hectáreas en total, y por dos de sus lados el agua del río pasaba chapoteando, respirando pesadamente, pesadamente, corriendo sin cuidado. Desde las dos orillas, donde se habían levantado edificios de muchos pisos, anchas avenidas y plazas llenas de flores y arbustos, seis pasarelas de peatones y dos carreteras —por las que, un día sí y otro no, se traían toneladas y toneladas de comida para los animales— unían el zoológico con la metrópoli. Alrededor de la isla corre una verja de hierro sobre un cimiento grueso, de cinco o seis metros de alto, y por eso el lugar quedaba intacto en las crecidas. Dentro, el bosque y el prado adornaban el recinto, y allá arriba, en las ramas, decenas de especies de pajarillos cantaban como en competencia, desde el falso amanecer hasta la llegada del crepúsculo. Sobre el terreno descubierto de fuera, cientos de erizos y tortugas se arrastraban por las tardes o en las primeras horas de la mañana. En primavera y verano, y hasta que empezaban las lluvias del otoño, una noche por semana, cuando todas las puertas del zoológico estaban cerradas a los visitantes, se soltaban en el bosque miles de animales bien alimentados de toda especie, para que se sintieran un poco libres del encierro de las grandes jaulas y saltaran y corrieran a su gusto. De noche, potentes reflectores mantenían el bosque iluminado. Y salía de ello una escena extraña.
Una vez, el realizador de un canal de televisión geográfica, que resultó ser hombre despierto y observador, obtuvo el derecho de filmar con la promesa de tomar imágenes corrientes de los animales del zoológico paseando por el bosque. Su equipo trabajaba hasta el amanecer, o las más de las veces esperaba. Más tarde se supo que el astuto realizador estaba al acecho de los momentos en que se apareaban los leones y los tigres, los lobos y los ciervos y los demás animales. De ahí sacó un documental de divulgación científica muy atractivo, con todas sus finuras íntimas, y gracias al mercado de la publicidad y a la venta de miles y miles de discos —aunque tales acoplamientos violentos no son raros tampoco en el bosque verdadero y en la estepa— llegó a tener mucho dinero. Sobre todo una escena, en la que un león arrastraba bajo sí a una leona joven con sus fuertes zarpas delanteras y la forzaba sin descanso quince o dieciocho minutos, encendía el instinto animal que queda escondido en el fondo de cierta clase de hombres sin voluntad. Y la gente advirtió con claridad qué emociones hirvientes y agitadas ondeaban dentro de aquel bosque del recinto del zoológico cuando las fieras, los herbívoros y los reptiles sentían el olor de la libertad. Miles de personas pidieron por las redes que el zoológico abriera sus puertas también de noche a quien lo deseara. Pero la dirección del establecimiento no lo consideró admisible…
Aquel cuento popular, tejido e inventado, es naturalmente un recuerdo antiguo; pero en ese momento era otro cuento del todo distinto, un cuento de hoy, el que atraía el interés del joven, que vivía en un piso de cinco habitaciones en la planta veintisiete, y además separado de su padre y de su madre. En verdad, la cosa provocaba el mayor asombro. No creía a sus ojos ni a sus oídos: cómo era posible que gentes de lenguas y naciones distintas, de edades y sexos distintos, y encima habitantes de países distintos, incluso de continentes distintos, se conmovieran en el mismo instante casi del mismo modo y pensaran lo mismo. En aquel momento parecía del todo imposible comprender: ¿cómo ellos —por más que fueran conocidos del joven—, estando a miles y miles de leguas unos de otros y sin saber nada unos de otros, podían unirse en torno a un solo sentimiento desconocido? ¿Sería acaso cosa del azar? No: algún hilo invisible había atado estrechamente a cada uno de ellos. De eso no había duda. Por otra parte, el joven, que ahora estaba de pie ante la ventana de su cocina y trataba de entender, los había encontrado en los años pasados en distintos puntos del planeta y había trabado conocimiento con ellos; pero ¡¿y ellos —ellos no se conocían entre sí?!
En la pantalla de su ordenador personal hizo aparecer muchas fotografías. Con más atención que antes, miró esta vez en su profundidad. Ojos y ojos y ojos, la mirada del ciervo y del camello, del lobo y del tigre, del mono y del león, del águila y del buitre, del oso y del argalí, del zorro y del chacal, del pavo real y de las serpientes… Le habían parecido corrientes. Pero cuando, un mes antes, había fotografiado a cada uno —él mismo no entendía con qué idea—, al parecer le había parecido un hallazgo creativo y extraño. Por eso, según su costumbre, las mandó a las direcciones electrónicas de sus amigos. También antes ocurría así: enviaba esta o aquella opinión suya sobre los sucesos del mundo, para que reaccionaran y se produjera un intercambio de ideas. Una especie de vínculo social.
Pero esta vez el asunto tomó otro color muy distinto: todos sus compañeros, los lejanos y los cercanos, le pedían que abriera su correo y leyera sus conclusiones. Su llamada sonaba inquieta, como si quisieran dar la alarma. Por dentro, el joven cayó en un asombro sin medida y se puso algo intranquilo. ¿Qué era, la mirada de cuál de los animales los había conmovido, y sobre todo, por qué motivo?..
«Shervon, amigo mío, mira más hondo: ¡¡¡las miradas de los animales del zoológico de vuestra ciudad están a-te-rra-das!!!» —escribía un muchacho de su edad desde Nueva Zelanda.
«Mira mejor: alguien o algo, alguna criatura, ha metido el miedo en tus animales» —este es el punto de vista que envió su conocido de la ciudad de Esmirna, en Turquía.
Su conocido americano de Nueva York, donde el joven había pasado un tiempo perfeccionando su inglés y había vivido en la planta setenta y cuatro en Manhattan, se expresó de un modo aún más extraño: «¡Shervon! Fíjate, ¡todos los habitantes del zoológico están esperando algún suceso desdichado, quizá espantoso! ¡SOS!»
«¿Acaso alguien los ha arrojado a un remolino de hechicería?!» —preguntaba exclamando su compañero de estudios chino.
«Es la primera vez que veo unos ojos así, una mirada tan llena de espanto. ¿Será que todos los animales han cogido alguna peste?» —razonaba su amigo alemán de Berlín. Shervon había sido allí, más de un año, estudiante de la Universidad de Gestión y Nuevas Tecnologías.
«¡Alguien, o alguna criatura, los está sacando del camino! Todos tus animales están entre el agua y el fuego… —escribía su conocido de Tokio—. ¡Ojalá no vayan a matarse todos de una vez!..»
Al principio Shervon lo tomó todo por tonterías. Un poco después su pensamiento entró en hervor y no sentía la tierra bajo sus pies. Sea lo que sea, dijo, y abrió una de las fotografías: los ojos del oso. ¿Será esta la mirada que la gente llama inyectada en sangre, o empapada de sangre? —pensó el joven—. ¡¿Qué casualidad?! Era el mismo oso al que, en su niñez, junto con su abuelo, habían salvado de morir o de ser matado…
La grulla, que acababa de sacar con su largo pico el trozo de hueso de la garganta del lobo, al ver la amenaza del lobo codicioso, pensó para sí que en adelante jamás convenía prestar ayuda a los animales desagradecidos…
En medio de un pequeño prado de una hondonada, situada un poco más arriba del sendero del bosque de la falda de la montaña, habían puesto un cepo grande, y una gran osa parda había quedado presa en sus duros dientes. La osa desvalida, a la que se le desgarraba el corazón a jirones por haber perdido la libertad, lanzaba alaridos que le arrancaban el alma. Su lamento levantaba un clamor por todo el contorno. Una o dos veces se retorció y arrastró la cadena del cepo, pero de qué servía: por mil fuerzas que hiciera, no lograba soltarse. Sus dos oseznos, del todo pequeños, corrían de un lado a otro a su alrededor y no tenían fuerza ni poder para socorrer a su madre cautiva.
Al cabo de un rato aparecieron de alguna parte unos muchachos de diez a doce años. Primero se quedaron mirando desde lo alto de la hondonada, cuya pared había lavado la lluvia. Después uno de ellos dijo:
—¡El hígado y la vesícula del oso son buen remedio para ciertas enfermedades!
Otro dijo:
—¿Y de la grasa no dices nada? Se puede vender por buen dinero.
El tercero declaró, todo perplejo:
—El oso está vivo; ¿cómo le vamos a sacar la grasa, el hígado y la vesícula?
—Tenemos cuchillo, la despellejamos…
Cayó un instante de silencio.
—¡Yo sé! —gritó el muchacho alto, de cuyos ojos parecía saltar fuego—. ¡La lapidamos! Un oso preso en el cepo no encuentra modo de huir. La matamos a golpes y después la despellejamos.
Y él mismo cogió una piedra mayor que un puño y la lanzó por el aire hacia la osa. Su ejemplo y su arrojo levantaron el ánimo de los demás muchachos de su edad, y se alzó el estruendo del Día del Juicio.
Todos lo siguieron. Sobre la cabeza de la osa llovían balas como del cielo. Junto con esto, los gritos y el alboroto, las voces de «¡uh!», «casi le da», «¡vaya golpe!», «¡apunta bien!» se enredaban unas con otras, se mezclaban y despertaban el ardor y el ansia de la turba.
La osa gemía bajo el golpe de cada piedra, pero ay, si se libraba de una piedra, daba con la siguiente. Cada vez más cansada y sin fuerzas, corría de aquí para allá, la cadena del cepo se tensaba y no la dejaba ir lejos.
Cientos de piedras daban en su cuerpo lanudo y rodaban al suelo. El prado se iba convirtiendo en pedregal. Alguna piedra afilada debió de abrirle la piel del cuerpo, porque manó la sangre.
—¡Dadle con piedras afiladas!
La turba despiadada, entre alaridos, buscaba piedras afiladas y las lanzaba hacia la osa como flechas.
—Dadle más fuerte, ahora se le van las patas y será más fácil apuntar.
Si en aquel momento alguien algo observador hubiera mirado a la cara de aquellos chicos aciagos y sin casta, habría visto claramente que de sus ojos saltaban ya fuego y sangre.
La osa cayó al fin de bruces, y todavía movía las patas y sacudía la cabeza. De sus fauces hervía y manaba una espuma ensangrentada. El animal se iba quedando sin fuerzas. Caída de costado, ya no hallaba modo de esquivar el golpe de las piedras.
En ese momento el nieto y su abuelo llegaron al lugar de la tragedia. La osa, resollando, respiraba todavía a duras penas, a duras penas, pesadamente, con un aliento corto, corto. Se quedaron de pie junto al cuerpo medio vivo de la osa, y el abuelo no sabía cómo tragarse su cólera.
—Lástima, hemos llegado tarde —dijo a su nieto y, echando la vista sobre los cientos de piedras pequeñas y grandes, ensangrentadas casi todas, se figuró qué salvajismo había ocurrido allí—. ¡Sucios malnacidos!
Los oseznos, gimiendo, no querían apartarse de la osa. Era como si hubieran entendido que el abuelo y el nieto —sus valedores y sus protectores— habían llegado. Al parecer el espanto había desaparecido de sus ojos, y por instinto se frotaban contra el vientre y el lomo de su madre. El nieto advirtió que la osa no apartaba los ojos del abuelo. Y aquella criatura de Dios, tranquila ya, por lo visto, en su ánimo, sabiendo que sus hijos no quedarían en adelante perdidos ni a la deriva, entregó el alma al Todopoderoso en calma y sin un sonido.
Desde arriba, por el sendero estrecho, aquellas criaturas de dos pies con figura de hombre fueron bajando una a una. El abuelo y el nieto no les prestaron atención.
—A los oseznos nos los llevamos a la ciudad, allí hay un zoológico grande, los vendemos, dan buen dinero —dijo aquel mismo muchacho alto.
—¿No me los venderéis a mí? —preguntó el abuelo, clavando la mirada en los oseznos.
Pasaba un poco de los sesenta; tenía el pelo espeso y entrecano, los hombros anchos, los puños fuertes y la mirada aguda.
—¿Cuánto dinero dais? —preguntó el muchacho, algo alterado.
—Lo que tenga en el bolsillo; con que me quede algo para el taxi, basta.
Sacó el dinero del bolsillo y lo dejó sobre las piedras ensangrentadas del prado.
—No tiene usted soga, ¿verdad?
—¿Para qué hace falta? —inquirió el abuelo.
—¿Cómo se va a llevar a los oseznos? ¿Arreándolos o a rastras? —volvió a curiosear aquel chico codicioso.
—Yo los hechizo, ya lo veréis vosotros mismos —dijo el abuelo.
—¿Cómo?
—De modo sencillo. Les recito una oración al oído.
—¿Y luego? ¿Ellos le entienden a usted?
—¡Por supuesto! —no se dio por vencido el abuelo.
—Asombroso…
El abuelo se puso de rodillas junto a los oseznos. Acarició con la palma de la mano el lomo de uno de ellos. Luego acercó despacio la boca a su oreja y, en un susurro, le dijo durante uno o dos minutos algo que solo sabían él, y Dios, y aquel osezno huérfano. Después hechizó también, sin prisa ninguna, al segundo osezno.
—Bueno, nosotros nos vamos —dijo el abuelo. Y echó a andar delante. Su nieto, detrás…
¡Qué milagro! Los oseznos, olvidando a la osa muerta, de pronto se echaron al camino detrás del abuelo y del nieto.
Los matadores se quedaron pasmados y atónitos, sin fuerzas para abrir la boca.
El abuelo y el nieto y los oseznos se alejaron mucho. Aquel mozo alto volvió en sí y, agachándose despacio, recogió de encima de la piedra el dinero manchado de sangre a trechos…
El abuelo y el nieto almorzaban en un restaurante al aire libre, en la azotea de la planta duodécima de un edificio de cuarenta y dos pisos. Desde hace mucho esta costumbre, que se cumple cada semana en un día señalado, está establecida en el trato entre ellos.
—El teléfono móvil, por el que nos vemos la cara el uno al otro y charlamos en cualquier momento en que nos lo pida el corazón, es cosa buena. Pero verse, sentarse cara a cara, mirarse a los ojos y hablar, eso es otra cosa —dijo el abuelo—. Y gracias por que encuentres tiempo para mí.
—Yo también le echo de menos; a veces el corazón me da un vuelco —añadió el nieto, dando la razón a las palabras del abuelo.
—Mira ese río: con gravedad y paciencia, abrazando la isla, sus aguas corren sin parar. Como la vida, como la existencia del hombre, que pasa aprisa…
—Han llamado mis padres. Han dicho: dale nuestros saludos a tu abuelo.
—Que estén sanos. ¿Cómo se encuentran? ¿Piensan venir por nuestra parte o no?
—Sus asuntos van bien. Les ha llegado el tiempo de las vacaciones. Se les ha presentado la ocasión y la posibilidad, y han salido con mi hermanita de viaje, a ver las ciudades de Praga y París, Roma y Viena.
—Recorrer el mundo es cosa muy de desear. ¿Y tu hermanita, qué tal? Hace mucho que no oigo su voz.
—Usted mismo lo sabe todo. Estudiar en una universidad europea no es cosa fácil. Cada hora de su vida está contada. De todos modos, yo le pediré que saque tiempo y le llame a usted de cuando en cuando.
—¡Bendito seas, nieto de mi alma! No te inquietes; solo dile que no vaya a olvidar su lengua materna…
—No, no la olvidará.
—¿Estás del todo seguro?
—Sí. Yo le he contado a mi hermanita aquel suceso histórico.
—¿Qué suceso histórico? —preguntó el abuelo, picado de interés.
—Se acordará usted de que a cada momento me insistía en que, junto con saber inglés y ruso y alemán o francés, no perdiera de vista mi lengua materna…
—Sí, y tú te mostrabas terco. «Si sé bien las lenguas del mundo y las hablo con soltura, ¿qué necesidad hay de la lengua materna?», decías.
—Cierto. Después, hará unos diez años, cuando yo era estudiante de segundo curso, vinieron unos extranjeros, buscaron intérprete y convocaron un concurso. Por cada hora de guía y de interpretación prometían una buena suma. Yo me inscribí.
—Sí, ya me acuerdo. Dudabas, porque el nivel de inglés de los otros de tu edad era alto y salir vencedor te parecía cosa dudosa…
—Después resultó que aquellos jóvenes no sabían en absoluto nuestra lengua materna, y por eso me eligieron a mí, que hablaba la lengua materna un poco mejor.
—Y luego te convenciste de que la vida es por sí misma maestro y escuela grande, y que puede introducir cambios en el pensamiento y en las convicciones del hombre. Y aquel concurso fue para ti una buena lección.
—En suma, esté usted tranquilo: mi hermanita no olvidará jamás la lengua del abuelo y de la abuela y de los antepasados.
—Así sea, yo también lo espero…
—Mi abuelita, que el Señor la haya acogido en su presencia y su lugar sea el paraíso, siempre que rezaba decía: «Hijos míos, dondequiera que estéis, ese es vuestro destino; con que estéis sanos y salvos y el Creador os guarde bajo su amparo». Quizá sea voluntad de Dios que todos nosotros nos hayamos acostumbrado a vivir lejos, muy lejos unos de otros. ¡Aunque viva Skype!
—¡Mi abuelita!.. Qué dulce suena en tu lengua. Aquella mañana en que tú viniste al mundo, toda la noche tuvo en los labios la oración y el deseo de que a tu madre, sana y salva, se le iluminara el ojo. De alegría no hallaba sitio donde sentarse, y decía: «Un huésped nuevo, que su vida sea larga». Muy de mañana coció una sopa de gallina y fue a visitar a tu madre…
—Sí, mi madre a veces lo contaba.
—Lástima que tu abuelita se fuera del mundo tan pronto. Era una mujer del paraíso…
—¿La recuerda, abuelo?
—¿A tu abuelita?
—Sí.
—No.
—¿Por qué?
—Porque tu abuelita, su rostro limpio, su sonrisa dulce, sus palabras que ganaban el corazón, son siempre el aliento que va conmigo. No hay necesidad de recordar…
—Asombroso…
—A propósito, ¿no diste a entender por teléfono que tenías algo que consultarme?..
Shervon, preso de algún pensamiento, sacó su portátil y lo encendió, abrió las fotografías de los ojos del león y del tigre y del oso, del mono y del lobo y del zorro y de otros animales semejantes, y le indicó a su abuelo:
—A ver, pase usted revista con atención a estas miradas de los animales. Quizá también a usted, abuelo, se le venga a la cabeza alguna idea o alguna sospecha.
El abuelo miró una por una, con ojo escrutador, cada fotografía. Al parecer no logró llegar a ninguna conclusión.
—Así, de pronto, es difícil decir qué expresan estas miradas. ¿Qué es lo que te ha asombrado? —preguntó a Shervon, sin saber ya qué pensar.
—¡A mí no! —respondió el nieto—. Hace un tiempo tomé estas fotografías por gusto y las puse en mi blog. Un buen número de amigos míos, que pasan la vida en distintos países del mundo, sin saber nada unos de otros, sostienen que los ojos de todos los animales están aterrados. Alguien o algo, algún humano o algún genio, los ha sumido en el espanto. Y casi todos quieren avisar de que no vaya a levantarse alguna desgracia… Por eso yo también, la verdad sea dicha, he caído en el asombro de qué secreto y qué enigma se esconderán aquí.
—No sé qué decir. Los animales, que viven en las jaulas firmes del zoológico, ¿acaso pueden por sí solos levantar alguna calamidad? ¿No cabe pensar que sea una broma de tus amigos extranjeros?
—¡No, no van a gastar todos la misma broma de golpe y en el mismo instante!
El anciano miró otra vez a los ojos de los animales. Pero no halló ningún cabo de aquel nudo.
—Bueno, yo me pondré cara a cara con los propios animales. Puede que de su comportamiento saque alguna noticia…
Así, el abuelo y el nieto se abrazaron y se despidieron.
Antes de bajar, el anciano echó una vez más la mirada hacia la isla, hacia el lugar donde se alza el zoológico. ¿Y qué se puede contemplar desde lejos? Al parecer todo se veía en calma y sosiego…
Por obra de la hechicería del hombre, cuyo daño recayó sobre la oveja, y porque los lobos codiciosos la desgarraron en crudo y se la comieron, los lobos aúllan todavía a siete voces.
Érase que se era, y no era: en cierto tiempo, en un pasado lejano y desconocido, o quizá en nuestros mismos días, en un país del continente de África vivía una tribu. Su medio de vida es llano y sencillo: viven dentro de chozas de barro con el techo cubierto de paja. Es decir, aquella sociedad se diferenciaba poco de la edad primitiva, porque su ocupación principal era el pastoreo. En cuanto los varones cumplen los siete años, se les carga sobre los hombros la obligación de guardar las vacas. De la existencia de la electricidad, del libro, de la escuela, del transporte, de la televisión o del ordenador y de internet nadie de aquella tribu tiene la menor idea.
Allí hay una tradición firme: todo joven que llega a la edad de la madurez debe probar la plenitud de su hombría. Desde hace siglos nadie tiene fuerza para negarse a ella. Y por eso todo muchacho se prepara desde la adolescencia para cumplir lo que exige la tradición de los antepasados. Tanto en el espíritu como en el cuerpo. Dicho con más exactitud: antes de que le den permiso y bendición para casarse, todo joven debe medirse cabeza a cabeza con el león, sí, sí, con el león, rey de la selva, y salir vencedor del animal, es decir, matar al león por el medio que sea.
Este acto se tiene por símbolo del valor, de la fuerza y de la honra de cada joven de la tribu. Cuando llega con el león que ha matado a cuestas o cargado sobre la nuca, chicos y grandes de la tribu lanzan gritos de contento y de orgullo. Porque queda probada la condición principal para fundar una familia.
Poco a poco la especie del león va menguando en aquel territorio. Los gobernantes, contra la voluntad de la tribu, inscriben al león en el libro rojo y declaran prohibida su muerte.
¡Pero de qué sirve! La tradición, el dar muerte al león, sigue sin interrupción. Los jóvenes de la tribu, después de matar al animal, alegan: «Yo no tengo culpa; cuando andaba de paseo o cogiendo fruta, el león se me echó encima él solo. Y yo me alcé por fuerza en defensa de mi propia vida…»
El león muerto no tiene lengua para confirmar si la alegación es verdad o mentira.
¡Pobres leones! Unos abrazan a la novia y se dan al deleite y a la fiesta, y otros sacrifican su vida…
Al atardecer, sin que el sol se hubiera puesto todavía, al anciano (así lo nombraban por convenio la dirección y los empleados del zoológico, porque gracias a su servicio en las filas de las fuerzas armadas, y luego en una brigada de intervención rápida, había guerreado y peleado incluso fuera del país, su cuerpo había quedado templado de por vida y, aunque por costumbre cubriera cada día diez kilómetros a pie, no se le notaba el cansancio, y además comía poco y hablaba poco y dormía poco), cuando aún no había entrado en su cuarto de trabajo, le telefoneó el director general:
—Anciano, salud. ¿Dónde está usted?
—En el umbral de mi despacho…
—Le ruego que me eche una mano —la voz del jefe sonaba inquieta.
—¿Qué ocurre? ¿Va el mundo en paz?
—En paz y a salvo. Solo que los leones rugen sin parar y los tigres braman… Los osos se retuercen; los monos, como si se hubieran puesto de acuerdo entre ellos, han levantado un griterío. Y los demás animales también parecen intranquilos…
—¡Pero si ayer al atardecer estaban todos en calma y sosiego!
—Hoy están gravemente alterados; por eso, con toda urgencia, deje usted los demás asuntos a un lado y entérese del estado de los animales. No vaya a ser que levanten alguna desgracia. Se lo ruego…
—Voy ahora mismo… —y, con el ánimo turbado, echó a andar hacia la hilera incontable de las grandes jaulas de hierro, la morada de los animales.
Cuando vio allí mismo, con sus propios ojos, el estado y el comportamiento de las fieras, se quedó atónito: en verdad habían caído en la angustia. Comprendió entonces que alguien o algo les había metido el miedo. Lo advirtió enseguida. Porque el carácter y las costumbres de los animales los había aprendido bien en sus años de cazador, cuando, después de recibir una herida grave en una de las operaciones militares y de pasar a retiro, anduvo errante por montes y bosques entregado a ese oficio. Los entendidos y los observadores se aferraban a la idea de que el anciano se había hecho dueño de las finuras de la lengua de cada animal y sabía el modo de trabar «conversación» y de hallar «lengua» con los animales sin lengua.
En verdad esta sospecha y esta idea suyas, por más que cueste creerlo, no carecían de fundamento. También esta vez el anciano apartó de su corazón el miedo y la turbación, entró en las jaulas y, uno por uno, con los leones y los tigres y los monos y los lobos y los osos, clavándoles la mirada derecha en los ojos, se puso a «hablar». Los mirones que se hallaban allí por casualidad quedaron asombrados de cómo aquel hombre encontraba el arrojo de entrar junto a aquellas fieras alborotadas, y de qué podía estar diciéndoles. Les pareció cosa de todo punto asombrosa y peregrina, y se mordieron el dedo del asombro al ver que, por obra de no se sabe qué palabra o qué seña del anciano, aquellos animales fueron cesando uno tras otro en su clamor y su griterío…
En ese mismo instante ellos se calmaron, y no sé qué pensamiento turbio se abrió paso en el cerebro del anciano; como suele decirse, los lobos le desgarraron el corazón y le turbaron el juicio. De pronto recordó algo…
—No —dijo el dragón, la fiera que cada día daba al anciano dos platillos de oro a cambio de la leche de su vaca—, puesto que tú, cada vez que me ves, te acuerdas de tu hijo, a quien yo desgarré y devoré, y yo, en ese mismo instante, me traigo ante los ojos mi cola, que tu hijo, con ánimo de matarme, cortó de un sablazo, por eso nuestra amistad ha quedado deshecha —y desapareció.
Años atrás, en el tiempo en que era ministro de Economía y Finanzas, el primer ministro tenía un amigo que era cazador empedernido. Por causa de esa misma afición se habían encariñado el uno con el otro, y cada cierto tiempo andaban dos días, y a veces tres, tras la caza.
Una vez dieron de frente con una guarida de lobos. A unos pasos de ella, la loba y el lobo y dos lobeznos brincaban despreocupados por el prado.
El lobo, avezado y curtido por la lluvia, antes aún de que los cazadores se acercaran, había captado el olor del caballo y del hombre y el olor del arma y de la bala.
—Mira —dijo el ministro de Economía y Finanzas, señalando hacia los lobos—, aunque sean animales de presa, qué libres y qué alegres y qué contentos y qué dichosos se ven.
—¡El lobo es lobo! —rio su amigo, y añadió—: Cría de lobo, lobo acaba siendo…
Y apuntó a la loba y disparó. Cuando la loba se retorció un instante y cayó por tierra, lanzó un grito:
—¡Se le ha agujereado la frente!
El lobo se alzó a defenderla. Corrió hacia delante y gruñó con los ojos llenos de odio. El cazador empedernido, encendido de ardor, disparó al animal el siguiente tiro. Esta vez la bala erró. El lobo se echó hacia atrás.
—De este lobo enfurecido ya no nos libraremos —dijo con voz compasiva el ministro de Economía y Finanzas.
—¡Allá se las haya! Si a la loba le ha llegado la hora de morir, ¡¿acaso tengo yo la culpa?!
Y se puso a apuntar.
Los lobeznos, que nada sabían de las calamidades de la vida, no hallaron modo de guarecerse dentro de su guarida y, queriendo despertar el cuerpo sin vida de la loba, le tocaban el cuerpo con las patas y gruñían. ¡Pero ay!..
—¡Anda, no carguemos con su sangre!
Pero la advertencia del ministro de Economía y Finanzas quedó suspendida en el aire, y los tiros, uno tras otro, tendieron sobre el polvo a los dos lobeznos inocentes, bañados en sangre.
El lobo, al ver aquello, gruñó con más fuerza, se apartó aún más lejos y lanzó un aullido que arrancaba el alma.
—Asombroso —dijo el cazador empedernido, volviendo en sí—. Hasta este momento no había oído aullar de esta manera. Puede que ningún animal sienta el dolor tan hondo y tan ardiente como el lobo…
—Yo no tengo mucha experiencia, pero a mí me parece que ha lanzado su grito hacia el cielo y que al mismo tiempo su aullido era una especie de amenaza contra nosotros. Vamos, alejémonos de aquí cuanto antes.
El cazador empedernido, sin prestar atención a estas palabras, echó el cuerpo de la loba y los de los lobeznos en dos sacos y los arrojó sobre la silla de su caballo.
Tomaron el camino de la aldea. Sus caballos andaban con la cabeza gacha.
—Estos lobos —dijo en voz alta el cazador empedernido, queriendo consolarse—, si encuentran a un hombre solo en el llano o en la falda del monte, se le echan encima con toda la manada; y, acechando el momento, de noche abren el vientre a las ovejas del rebaño…
El ministro de Economía y Finanzas vio de pronto que el lobo venía tras ellos dando vueltas y más vueltas. Se le encogió el corazón.
«Que Dios lo lleve a buen fin —pensó para sí—. En realidad, ¿por qué habré salido hoy de caza con este hombre? Desde la mañana me late el ojo izquierdo».
Dos horas después llegaron a la orilla de un riachuelo. Miró hacia atrás. Al parecer el lobo no se veía.
—Ya está, hemos llegado a la aldea. Ahora nos lavamos las manos y la cara y comemos —abrió la boca por primera vez el cazador empedernido en todo el tiempo del regreso.
—Gracias, por supuesto. Pero yo debo irme.
El riachuelo, de agua clara y juguetona, chocando de piedra en piedra, corría presuroso y ondeante hacia el valle. Su canto resonaba por todo el contorno.
—Yo, en cuanto llegue a casa y le despida a usted, afilaré el cuchillo en la piedra y desollaré a estos lobos. La carne se la daré a mis perros. Las pieles las salaré y las colgaré a la sombra. Su pelo vale caro…
A su compañero le vino la idea de que el lobo estaba cerca y aullaba. Clavó con atención la mirada hacia atrás. El pobre lobo, que en un instante se había quedado solo, no se dejó ver…
Unos diez días después los periódicos publicaron un material sobre aquel suceso inaudito. El ministro de Economía y Finanzas lo leyó y no dio crédito. Como llevaban años de conocerse y de compartir el pan y la sal, cogió un obsequio y fue a interesarse por la salud del cazador empedernido. En el momento en que entró con su chófer en el patio de aquel amigo suyo tan terco, no oyó, como era costumbre, el ladrido de los dos enormes perros pastores encadenados. Sin tiempo siquiera para asombrarse, sus ojos dieron con su amigo el cazador. Estaba echado de costado sobre un catre, adormilado.
—¡Salom aleikum! —entró el ministro a preguntarle cómo se encontraba.
El cazador no se movió de su sitio, ni emitió sonido alguno. Solo miraba hacia el huésped con sus ojos muy, muy abiertos y yertos, como si fuera ciego, sin pestañear. En lugar de responder al saludo, se rio.
En eso salió su mujer del interior de la casa. Parecía como si estuviera de luto. Tras un saludo algo frío, trajo una silla e invitó a sentarse al amigo de su marido.
—Su estado no es más que reír o guardar silencio. No sé cuándo volverá en sí.
—¿Qué ha sucedido? —preguntó el ministro.
La mujer echó una mirada hacia su marido y se quedó un poco pensativa.
—Aquella noche soplaba un viento muy fuerte. Los troncos de los árboles se doblaban y se enderezaban y crujían. Los niños dormían en su cuarto, mi marido y yo en el nuestro, y mi niña estaba con nosotros en la cuna. Al amanecer me desperté. Tanteé con la mano y me quedé atónita: la cuna estaba vacía; encendí la luz, revolví la cama, no encontré a la criatura. Levantando el grito y el llanto, saqué a mi marido del sueño.
En eso llegó a nuestros oídos el aullido de un lobo. Los dos nos quedamos yertos. Miramos por la ventana hacia fuera. El lobo estaba en medio del patio. Al parecer esperaba que saliéramos. Mi marido cogió la escopeta de caza y salió corriendo. Yo detrás de él… ¡Dios mío! Qué escena espantosa se nos apareció delante: el lobo tenía la pata izquierda puesta sobre el vientre de la criatura envuelta en sus fajas y gruñía enseñando los dientes. Al principio los dos nos quedamos yertos. Luego mi marido, con la esperanza de asustar al lobo, disparó un tiro al aire. El lobo no se espantó siquiera, ni se movió de su sitio. Nuestra niña no lloraba, ni siquiera daba una voz, para que pudiéramos saber si estaba muerta o viva. Después el lobo levantó de pronto la pata del cuerpo de la criatura, se sentó sobre las dos patas traseras y aulló largo y largo; al fin gruñó una vez más y, contra lo esperado, se marchó. Despacio, despacio, como con orgullo, como haciendo alarde… Yo llegué enseguida hasta mi niña y la levanté del suelo; advertí que estaba dormida, que respiraba; le eché agua a la cara aprisa, no fuera que se hubiese asustado…
Mi marido arrojó la escopeta con toda su fuerza al sembrado y lanzó un grito:
—¡La fiera soy yo! El lobo es más hombre…
Y se sentó en el suelo y se rio.
Desde aquel instante no ha pronunciado una sola palabra. Es como si de la lección que le dio el lobo se hubiera quedado mudo y sin habla…
El ministro se levantó de su asiento.
—¿Es que los perros pastores no atacaron al lobo? —preguntó.
—Después de volver en nosotros y de salvar a la criatura, nos dimos cuenta de que el lobo había desgarrado a dentelladas la garganta de los dos perros…
La mujer echó una mirada del todo desesperada hacia su marido.
—Si Dios quiere, sanará —dijo él.
Y salió fuera. Con la cabeza baja.
El ministro se tuvo a sí mismo por uno de los culpables de aquella tragedia, la tragedia del lobo y del cazador empedernido…
Entonces el anciano mismo cayó en un violento remolino de espanto. Quedando entre el agua y el fuego, no sabía qué remedio buscar, a quién llamar en su ayuda o a quién pedir consejo. Dentro de su cuarto de trabajo iba y venía sin parar de un lado a otro, pensando. No entendía en modo alguno qué suceso inaudito podía llegar a ocurrir. Ni adónde llevaría el asunto al final. Como una serpiente caída entre las llamas ardientes, se retorcía y se retorcía por dentro. Sentía que alguna calamidad o alguna desgracia se acercaba y que no hallaba modo de salirle al paso. No alcanzaba a comprender qué podía ser la causa. ¿O quién?..
En ese instante sonó su teléfono.
Reconoció los números: era su nieto quien llamaba. «¡Menos mal!», pensó para sí el anciano.
—¡Oiga! ¡Abuelo, hola! —la voz de Shervon le pareció inquieta.
—¡Aquí estoy, nieto de mi alma! —respondió, dominándose, porque no sé qué esperanza de salvación de aquella situación cerrada se le había abierto paso en el pensamiento.
—¿Está usted bien de salud y le van bien las cosas?
—¡Gracias! ¿Y tú dónde estás ahora?
—¿Yo? En casa, tengo el día libre.
—Pero es día laborable…
—Las organizaciones extranjeras trabajan conforme al calendario de su propio país.
—Siendo así, ¿puedes venir a verme?
—Si hace falta, cómo no. Dentro de unos cuarenta minutos estoy allí.
—Muy bien. ¡Gracias, nieto de mi alma!
—No hay de qué. ¿Es que ha sucedido algo?
—No, por ahora no… Lo demás lo hablaremos cara a cara…
—Bueno, ¡hasta luego! —se cortó la comunicación.
Ahora el anciano, comiéndose la sangre por dentro, se reprochaba a sí mismo. Por la sencilla razón de haber mostrado tan poca previsión y de estar arrastrando a su nieto Shervon a aquel cauce desconocido, sin cabeza ni cola. No fuera que le cayera alguna desgracia sobre la cabeza. El Señor es dado a la merced; ¡quiera Dios que lo guarde bajo su amparo sin daño!..
Salió fuera. Vio que por las seis pasarelas de las dos orillas, que unen la isla con la metrópoli, no cesaba el ir y venir de cientos de personas, sobre todo de adolescentes y de jóvenes. Claro está que no cabe compararlo con aquella muchedumbre que los sábados y los domingos se derrama sobre el zoológico. Unos instantes escuchó hacia el lado de las jaulas. No, no oyó la voz de ningún animal.
Decidió que esperaría a su nieto fuera de la isla, al borde del camino, y que luego irían a sentarse a la orilla, donde hay un café.
—De todos modos, cuanto más lejos de la desgracia, mejor —susurró el anciano.
Y ni siquiera podía figurarse qué era lo que quería decir al decir «desgracia», ni, si el testimonio de su corazón resultaba cierto, de dónde vendría aquella desgracia: si se alzaría del fondo de la tierra o bajaría del cielo…
—Tú no quisiste casarte con la princesa y ser rey, renunciaste a ser yerno del hortelano que gracias a ti se hizo rico, y no te alcanzó el juicio para sacar de la garganta del pez el diamante de gran precio; así pues, hombre más necio que tú no lo encuentro en el mundo —y el león, cuyo remedio contra el dolor de cabeza era comer los sesos de un lerdo, desgarró en crudo al labrador y sanó…
Érase que se era, y no era: en un lugar de este país, un poco más allá de la metrópoli, vivía un domador de osos, hombre de buen vivir y muy trabajador. Aquel hombre quería sobremanera a este animal sin lengua, porque años atrás le había quedado en herencia de su difunto padre, a quien Dios tenga en su gloria.
También el oso, en todo aquel tiempo, se había encariñado con aquel hombre y no ponía el pie fuera de la raya que él le trazaba. Si le decía «siéntate», se sentaba; si le mandaba con suavidad «levántate», se levantaba de su sitio; si le ordenaba «ponte derecho», se erguía sobre las dos patas; si le decía «da una vuelta», giraba con gusto y con gana; si pronunciaba la palabra «palmas», batía las manos, y bailaba también; en suma, se entendían el uno al otro por señas o por palabras determinadas.
A veces iban al barrio, a las plazas y a las avenidas, y ante espectadores de todas las edades montaban un programa y mostraban su arte. Al final la gente se rendía a la inteligencia del oso y, por gentileza y por delicadeza y por agradecimiento, les regalaba monedas y billetes. El hombre quedaba contento y el oso satisfecho.
Los dos eran famosos hasta tal punto que sus fotografías se publicaron muchas veces en periódicos y revistas, y algunos los reclamaban para una boda o para la circuncisión de sus hijos, a fin de que presentaran su destreza a los convidados. De este modo aquel hombre se ganaba el sustento, y tenía al oso por miembro de pleno derecho de la familia.
Una vez aquel hombre y su oso, tan dotado y tan hecho ya al natural mirón de los hombres, hacían su número en la fiesta del hijo de siete años de un pobre. Los ojos de chicos y grandes, de los de siete a los de setenta años, echaban chispas al ver la destreza del oso, y se llenaban de gozo y de alboroto. La alegría del dueño de la fiesta, por haber sido capaz de reunir a toda la gente de su barrio, no tenía límite ni orilla, y se ufanaba de ello.
En ese momento llegó otro hombre, que venía algo achispado. Antes aún de que abriera la boca, el dueño de la fiesta se llevó aparte al dueño del oso y le advirtió:
—Ten cuidado; ese hombre es mal bebedor y sucio, jugador de los que no perdonan, y le sobran la soberbia y la fanfarronería.
El domador de osos no dejó traslucir nada; con un movimiento de cabeza dijo «está bien» y sonrió. Cuando volvió, aquel hombre, molesto de que le hubieran cortado una conversación que ni siquiera había empezado, propuso con cierto resentimiento:
—Tal día doy yo también una fiesta. Quiero que muestres tu arte.
—Tal día no puedo, porque estaré ocupado en otra boda; lo tengo prometido de antes.
La respuesta no le gustó al hombre bebido.
—¡Te doy el doble de la suma! Acepta.
—No hay modo. Estorbar la boda de otro hombre, por pobre que sea, y agraviarle el corazón es falta y pecado. También él nos ha llamado a su casa con esperanza.
—Acepta; te pagaré tres veces el precio de tu trabajo, para ti y para tu oso pondré aparte un dastarján espléndido, os haré regalos —seguía porfiando.
—No, no puedo.
—¿Por qué? ¿No te gusta el mucho dinero?
—Tu carácter no me ha gustado.
—¿Y a ti qué te importa mi carácter? ¡Tú eres un bufón, un criado, un asno que a todo dice «aquí estoy»! ¡Nada más! ¡No vales nada! ¡Si yo quiero, con una seña de mi dedo os traen encadenados a ti y a tu oso, y bailáis delante de mí medio muertos! ¡¿Te has enterado?!
—No me metas miedo, ni me vengas con bravatas y amenazas. Anda, mejor preguntémosle al oso si está de acuerdo o no. Si dice «sí», buscaremos algún arreglo. Y si no…
—¿Al oso? ¿A ese animal?
—Este animal es mi amigo desinteresado.
—¡¿Es que te has comido el juicio, para consultar con un animal?!
—Si no quieres, tú verás.
—Está bien, mal rayo os parta a ti y a tu oso leonado. ¡Pregunta! A ver, veamos qué voz sale de ahí.
El domador de osos vio que la gente de alrededor, los convidados de aquella boda humilde, observaba con el mayor interés la disputa y la porfía entre él y el hombre achispado, y ahora al oso. Él, que muchas veces en su vida se había visto en semejante trance, no se turbó en absoluto. Conocía bien y con exactitud el natural de su oso.
—¡Querido amigo! ¿Quieres ir a la fiesta de este hombre y servirle?
El oso miró unos instantes hacia aquel pretendiente como con ojo escrutador. Pero se quedó callado.
—¡Responde, te lo ruego! No te avergüences, ¡sé valiente!
—¡Estás loco, por Dios que estás loco! —dijo el hombre achispado.
En eso el oso golpeó varias veces el suelo con la pata, luego gruñó un poco, lleno de cólera, y al fin, con un movimiento de cabeza, dijo como si dijera: «¡no, no quiero!».
Por esto la gente aplaudió. Algunos, alegres, lanzaron voces de «¡bravo!». La cólera del hombre bebido, que se había despejado del todo, se levantó.
—¡Maldito sea el padre de un oso como tú! ¡Ni tú ni tu dueño me conocéis, ni habéis lavado la ropa con mi jabón!..
No había acabado la amenaza cuando el oso gruñó más fuerte. Aquel hombre, azorado y teniéndose por afrentado, salió del corro refunfuñando… El dueño echó a la boca del oso un pilón de azúcar.
Entretanto pasó algún tiempo. Cada vez que el domador de osos recordaba por casualidad aquella conversación con el hombre achispado, se sentía incómodo. Y pasó más de un año, y también la figura y el rostro y las amenazas de aquel hombre se le borraron. Solo que no sabía que la cara desagradable de aquel noble sujeto, que mezclaba el vino con el juego y se tenía por afortunado en el camino de la vida, había quedado para siempre grabada en la tabla de la memoria del oso de buen entendimiento…
Pero, contra toda espera, aquel hombre achispado y sus dos compañeros de copa y de naipes se presentaron de pronto. Abrió de una patada la puerta, con la cadena suelta, del patio del domador de osos. La mujer del dueño de la casa, que trajinaba bajo el porche, dio un salto. Y al ver a aquellos huéspedes no llamados, se llenó de asombro.
—¿Dónde está el oso? —preguntó, sin saludar siquiera, el hombre, ahora también bebido.
La mujer, que era despierta, vio que los ojos del hombre estaban tomados de sangre y que su propósito no era bendito; con todo, no perdió el aplomo:
—Ahí, encadenado bajo el nogal…
El dueño del oso, al oír la voz de aquel hombre, salió él mismo.
—Bueno —dijo—. ¿Qué quieres?
Su viejo adversario, borracho perdido, sacó de pronto una pistola de debajo del brazo.
—¡Ahora lo verás! —amenazó. Y se rio a carcajadas—. Te disparo por la boca, y ya no tendrás tiempo de consultar con tu oso ni os reiréis más de mí. De todos modos te doy ocasión de recitar la profesión de fe y de arrepentirte.
Enderezó el cañón del arma a la cara del dueño del oso.
En eso el oso gruñó.
—¡No atraigas la cólera de Dios! —advirtió con arrojo el dueño del patio.
El gruñido del oso sonó más alto.
—Aunque no sea más que un animal, huele la muerte de su dueño, ¿eh? —miró hacia sus dos compañeros—. ¿Habéis visto qué voz saca? ¡Y vosotros, cuando hicimos la apuesta, dudabais de que un oso pudiera entender la palabra del hombre!
—Te creemos lo que dices; anda, déjalo, amigo, no vayas a levantarnos alguna desgracia sobre la cabeza —uno de sus compañeros quiso cortarle el paso.
—¡No! ¡Yo aposté con vosotros a que lo derribo de un solo tiro! No me vuelvo de mi palabra. ¡A ver, domador de osos, muestra tu arte! ¡Suelta al oso de la cadena! Toda la vida ha estado atado por tu propio provecho; que al menos, antes de morir, se sienta en libertad…
—¡No atraigas la cólera de Dios, te digo!
—¡Deja a Dios tranquilo a un lado! ¡Anda, pasa delante!
El hombre, sin remedio, echó a andar hacia el viejo nogal. Contra un borracho con un arma en la mano no sabía qué remedio buscar. Le quitó al oso el aro de la cadena del cuello. El animal levantó la cabeza y clavó los ojos en su dueño; al parecer se había asombrado. Después arañó varias veces la tierra con la pata delantera derecha.
—¡Mirad! ¡Se está cavando él mismo la tumba! —rio el hombre bebido—. ¡Apártate a un lado! —gritó hacia el dueño del oso—. ¡Y contempla cómo tu amigo de cuatro patas muere de un solo tiro! Menos mal que no te hemos matado a ti primero.
Y, poniéndose de rodillas, apuntó a la frente del oso. El oso miraba la pistola de frente y sin espanto. De pronto se irguió sobre sus dos patas traseras.
El hombre bebido disparó. Fuera de miedo, fuera con el propósito de derribar al animal de un solo tiro. Y debió de temblarle la mano, porque el tiro erró. El oso, enfurecido, de un salto le desgarró la garganta al borracho con aquella misma pata delantera derecha. La sangre brotó a chorros. El domador de osos y su mujer, de tan de repente como sobrevino la desgracia, se quedaron mudos y no hallaron fuerza para dar un grito.
El hombre bebedor de vino y jugador empedernido, anegado en sangre, estertoraba y agonizaba.
El dueño del oso vio que de aquellos dos compañeros no quedaba ni rastro ni señal…
No pasó mucho hasta que llegaron un inspector de policía y otros dos agentes. Primero hicieron fotografías detalladas. Después registraron el bolsillo del jugador. Salieron dos fajos de dinero.
—Esto es de usted —dijo el inspector, tendiendo un fajo de dinero al dueño del oso.
—¿Por qué? —se asombró.
—Coja, coja: es la indemnización por la amenaza y la violencia.
—¡No! —oyó por respuesta—. ¿Para qué quiero yo su dinero impuro? Si a usted no le sirve, déselo a su familia…
Llegó también la «ambulancia».
—¡Llevad el cuerpo al depósito! —ordenó el inspector…
El hijo de Adán, dentro del bosque, encerró con astucia en una jaula al león, rey de los animales, y el león rugió con toda su fuerza, pero ninguno de los animales acudió corriendo en su ayuda…
El abuelo y el nieto, turbados los dos, se saludaron brevemente y tomaron en silencio el camino de la orilla. Ninguno de ellos, presos como iban de pensamientos sombríos, hallaba el arrojo de decir una palabra por el camino. Era como si temieran que, en cuanto abrieran la boca, todos los habitantes de la metrópoli entraran ahora mismo en hervor y el río, que corre acompasado, cambiara de golpe su cauce. O, peor aún, que el cielo se derrumbara sobre la tierra y llegara el Día del Juicio…
Llegaron al café de la orilla. El anciano escogió un rincón apartado y poco concurrido, y el nieto anduvo tras los pasos del abuelo. Se sentaron a la mesa y pidieron café. Cuando el camarero trajo el café, el anciano pagó por adelantado el importe, para que su conversación transcurriera a gusto y con sosiego.
Desde la orilla del río, la isla y el zoológico se ofrecían a la vista. El anciano miró hacia aquel lado.
—Bueno, abuelo, ¿a qué conclusión ha llegado usted? —al fin se le colmó al nieto la copa de la paciencia y rompió a hablar.
—¡A ninguna! —dijo el abuelo, y contó la plática que aquella mañana había tenido con los leones y los lobos y los tigres, con el zorro y el mono y el leopardo y el chacal y los demás animales.
Y otra vez se quedó hundido un instante en el silencio.
—Los animales han cesado en su griterío y en su angustia; ¿qué lugar hay entonces para la inquietud? —preguntó el nieto, y luego, como si hubiera estado dormido y se hubiese despertado, lanzó un grito inesperado hasta para él mismo—: ¡Abuelo! ¡Ahora lo entiendo! ¿Es que usted, de verdad, sabe y entiende la lengua de aquellos animales, y ellos conocen también la de usted?
El anciano seguía callando; al parecer acechaba el instante propicio para revelar lo principal que tenía que decir.
—¿O es que me está contando un cuento, abuelo? —debió de sentir el nieto la vacilación, porque lo sondeó.
—¡No, nieto de mi alma, no! Ojalá fuera un cuento y tú y yo estuviéramos ahora sentados del todo despreocupados, gozando del canto del río y, apartando de nosotros la sensación del peligro, no anduviéramos espantados pensando en lo que mañana o pasado mañana nos caerá sobre la cabeza.
—Sus palabras suenan sumamente enigmáticas, abuelo —dijo Shervon.
—Compréndelo: la verdad sea dicha, me da miedo abrir la boca.
—¿Por qué? Por aquí nadie oye nuestra conversación. Esté usted tranquilo.
—Cuando dentro de las jaulas nuestra plática, como suele decirse, cuajó y los animales escogieron el silencio, pasé al jardín del zoológico para calmar un poco el hervor de mi corazón y de mi cabeza y dominarme. Al mismo tiempo, alguna fuerza invisible me empujaba hacia aquel lado. Abracé un árbol, para que mi cuerpo y mi alma cobraran aliento nuevo…
El anciano, como para confirmar la verdad de su relato, clavó la mirada hacia el jardín del zoológico. El nieto, absorto, no podía apartar los ojos del abuelo.
—En ese instante me llegó al oído una voz desde la rama del árbol. Vi que dos búhos, posados el uno junto al otro, sin saber que yo estaba allí, se quejaban de mí; mejor dicho, se reían de mi estado.
—¿Estoy dormido o despierto, abuelo?
—¡Ojalá estuvieras dormido, nieto de mi alma! Escucha, pues, cómo siguió la plática de los búhos. Uno de ellos dijo: «¡Vaya hombre bobo y aturdido, simple y necio ha resultado ser este!». El otro añadió: «Si no fuera un lerdo, ¿acaso se habría dejado engañar creyendo lo que dicen los animales?». El primer búho añadió: «Estos animales, fieras por fuera y aterrados en el fondo, no le abrieron el secreto de su corazón, se quedaron callados, y por eso el hombre ignorante perdió el camino». El segundo búho dijo: «Si a ti también, cada medianoche negra y cerrada, te vinieran ocho o diez gules corpulentos y altos, de brazos poderosos y el cuerpo cubierto de pelo de arriba abajo, y te echaran fuego por los ojos y sembraran el espanto, ¡se te quedaría muda la lengua, o te volverías mudo del todo!». El primer búho puso fin a la plática: «Así fue: el hombre, sin saber nada de la invasión de los gules, salió de las jaulas con el corazón tranquilo. Cuando lo cierto es que los gules vuelven esta madrugada, y abren las puertas de las jaulas y entran…». Dijeron esto y los pájaros cerraron el pico…
Shervon, del asombro sin medida, tenía los ojos abiertos y no pestañeaba, y no encontraba palabra que llevarse a los labios. ¿Qué búhos? ¿Qué gules? ¿Por qué amenazaban a los animales? Y en fin de cuentas, ¿de dónde vienen esos gules? ¿Son fantasmas o son espíritus?..
—No sé quiénes son, ni qué son, ni de dónde vienen…
—¡Válgame Dios! ¡Señor! ¿Es que usted, abuelo, puede leer u oír también mi pensamiento, es decir, el de las personas? Si es que sí…
—No, nieto de mi alma, ¿de dónde? Por pura casualidad…
—¿Y ahora qué hacemos?
—No sé. Estoy en medio de una encrucijada, suspendido en el aire.
—Quizá debamos avisar al jefe del zoológico…
—Hmm… Ese se reirá de nosotros. Tendrá mi sospecha por un disparate.
—Escribamos al alcalde de la ciudad, o más arriba todavía, al primer ministro… Vaya que aquellos gules existan de verdad y hayan tomado algún mal propósito. ¿Y entonces qué?
—Entonces el alcalde y el primer ministro nos tendrán a ti y a mí por locos.
—¡Pero alguna medida habrá que tomar!
—¡No!
—¿Por qué, abuelo?
Y el abuelo y el nieto miraron hacia el río. Pero no tenían esperanza ninguna de que el agua corriente oyera el suspiro de su corazón y se llevara lavado el polvo de sus almas.
Cantó el gallo y el león, que ya se disponía a saltar, huyó; el asno, que estaba junto al rey de las gallinas, se envalentonó y corrió tras el rey de la selva… poco después el león se volvió y se echó sobre el asno…
Érase que se era, y no era —y lo más probable es que sea verdad—: durante años, en el recinto del Gran Circo, vivía un perro, un perro pastor cualquiera. El animal se tenía por dueño del interior y del exterior del edificio, y andaba de un lado a otro a su gusto. La gente compasiva traía de sus casas, para este perro callado e inofensivo, huesos y sobras de carne. Es decir, tenía la barriga siempre llena. Por eso, de mañana, recibía a la mayoría de los empleados del circo meneando la cola. Ellos contentos, y al mismo tiempo el perro tranquilo.
Nadie recuerda cómo ni de dónde apareció el perro en aquel lugar, ni quién lo trajo. Con todo, chicos y grandes se habían acostumbrado a aquel animal.
De cuando en cuando el perro entraba en la casa de fieras del circo y, desde detrás de las rejas, con aparente valentía levantaba la voz ladrando y ladrando a los osos y a los lobos y a los leones y a los tigres. Ninguno de aquellos animales prestaba atención al alboroto del perro.
Poco a poco se encariñó solo con el tigre. En adelante iba derecho a la jaula del tigre. Y se ponían a conversar, porque se entendían el uno al otro.
—¡Vaya criatura gandula estás hecho! —le reprochó una vez el perro—. Cuando quiera que venga, te veo tumbado a la larga, durmiendo o entregado a guardar silencio…
—¿Y en qué crees tú que debería ocuparme? —preguntó el tigre.
—¿Yo qué sé? Al fin y al cabo eres un tigre. Yérguete cuan largo eres, sacúdete.
—¿Y luego qué?
El perro no se llevó ya ninguna palabra a los labios. Miraba asombrado a su amigo.
—Yo en otro tiempo, en verdad, fui un tigre. Mi sola presencia, mi rugido, hacían temblar todo el contorno. No puedes figurarte con qué gusto batía la gente las palmas ante mi arte. Cuando saltaba, cuando pasaba por dentro del aro lleno de fuego, o cuando me subía sobre la gran bola y la hacía girar…
—¿Y ahora por qué no sales a la pista? —preguntó el perro.
—¿Y quién me deja, lerdo? Mi antiguo domador ni siquiera se acerca a mí. Mejor dicho, se ha olvidado de mí por completo.
—No te aflijas…
—¿Qué lugar hay para quejarse? Me he hecho viejo. ¡Viejo decrépito! Tampoco mis hijos, que son unos cuantos, preguntan por mí. Todo su afán es la pista y los saltos. ¡Están borrachos de fama!
—Pero tienes la barriga llena y las penas lejos, ¿no? ¿O te quedas con hambre?
—No, gracias a Dios; de cuando en cuando me echan la carne de este o de aquel animal muerto.
—Sí, no andar mendigando un bocado ya es bueno —dijo el perro.
—Qué otro remedio hay… Espero.
—Esto es un circo, amigo. Aunque seas tigre, ponte a esperar.
—¿A esperar qué?
—¡A esperar la muerte!
—¿La muerte?
—Sí, amigo. En cuanto revientes, te rellenarán la piel de paja y pondrán tu figura disecada en el museo. Tu carne se la darán a los otros animales. Así es el mundo del circo. Tú no te aflijas…
Hubo un tiempo en que en el recinto de la metrópoli existían cientos de bibliotecas y de espléndidas librerías. Poco a poco la gente volvió la cara a este raro hallazgo social llamándolo «restos inservibles»; el ambiente la forzaba a ello, y algunos, sin más remedio, leían «libro electrónico». Otros entregaron miles de ejemplares de su tesoro como papel viejo y cobraron unas monedas. Y quedaban contentos de haberse librado de una carga sobrante en su casa.
La fortuna o la desdicha de esta clase de gente consistía en que de pronto descubrieron que, aun sin leer un libro, era posible llegar a tener coches fastuosos, fajos y fajos de dinero ganado sin doblar el lomo, palacios de muchas plantas y mucha pompa, y altos cargos. ¡Aquí estaba escondido el gusto y el deleite de la vida, y nosotros, ingenuos, sin saberlo! Y se tenían a sí mismos por columna del mundo…
En el lugar de las bibliotecas se alzaron supermercados e hipermercados modernos. Del libro quedó el recuerdo, ¡y se acabó!
Un maestro de ciento veinticinco años no fue tras la exigencia ni tras la moda de los tiempos. Compraba libros y manuscritos antiguos y los guardaba. Con el correr del tiempo, su aireada biblioteca, en una provincia lejana, se convirtió en lugar digno de verse, en lo que se dio en llamar un museo del libro. A los adolescentes y a los jóvenes que de tarde en tarde mostraban algún interés, y en realidad venían a matar el tiempo, les contaba las cosas con el mayor gusto y la mayor gana. Cuando tomaba en la mano este o aquel libro raro, le temblaba la mano de emoción.
Aquellos visitantes de ocasión se reían del estado lastimoso del viejo maestro y salían de su museo. El dueño de los libros se consolaba diciendo: «De todos modos han venido unos cuantos, se han enterado de que el libro existe, y eso ya es mucho decir», y pasaba a su vivienda, que estaba junto al museo del libro.
El viejo maestro tenía un asno. De color ceniciento. El animal, cuyo trabajo es lícito y cuya carne es impura, vivió toda su vida a la intemperie. Ni temía al sol ni a la nieve y la lluvia.
Sucedió que una manada de lobos hambrientos atacó el barrio del maestro y desgarraba y se comía los asnos y las vacas o las ovejas de la gente. Y la gente cayó en la angustia. Acudieron a la policía. La policía dijo que ella trata con personas, no con animales.
Por eso el maestro, como no tenía establo, se veía obligado a meter de noche a su asno en medio del museo del libro y a atarlo allí, no fuera a ser pasto de los lobos.
Un día entre los días trajeron a un grupo de huéspedes extranjeros a ver el museo del libro. Como se les olvidó avisar al anciano, o no lo consideraron necesario, la puerta del museo estaba con el candado echado. Y el viejo maestro, a quien de cuando en cuando atormentaba su mal de la memoria, olvidó que el asno estaba dentro e hizo pasar delante a los huéspedes y a los anfitriones. Los extranjeros, que veían un asno por primera vez con sus propios ojos, no le dieron importancia. Pero el jefe de los anfitriones soltó al asno un insulto tan jugoso que lo oyeron todos.
El asno se rio a carcajadas.
—¡Echad fuera a este orejudo sin seso!
Y el asno, de repente, rompió a hablar:
—Yo ni puedo leer un libro ni como papel. ¿Cuál es entonces mi culpa, para que me lo echéis en cara?
Los anfitriones se quedaron yertos.
El viejo maestro estuvo a punto de perder el sentido. Porque llevaba años siendo dueño del asno y no tenía noticia de que el orejudo hablase en lengua de hombres.
Los extranjeros, que oyeron con toda claridad la pregunta del asno, cayeron en un asombro sin medida y se hacían retratar cada uno junto al asno.
—¡Habéis visto mi prestigio! —exclamó el asno con orgullo—. Y todavía me llamáis orejudo sin seso…
En la metrópoli del joven —alto de estatura, de rostro algo redondo, de ojos negros, de mirada clara y siempre seria, de cuerpo lleno y músculos ejercitados—, la vida transcurría de noche, al revés que en las grandes ciudades del mundo, con absoluta calma, y a partir de las once se cerraban todas las tiendas y los grandes centros comerciales y los restaurantes espléndidos, los incontables hoteles de cinco estrellas, de muchas plantas, que besan el cielo, atrancaban por dentro sus puertas de cristal transparente y los porteros se quedaban en vela hasta el amanecer aguardando la llegada, de tarde en tarde, de algún huésped extranjero, en las calles se cortaba el ir y venir de la gente, de cuando en cuando este o aquel automóvil se movía muy deprisa hacia un lado o hacia otro, porque las calles y las autopistas y las avenidas quedaban vacías, y las luces de guardia de los edificios altos, si mirabas desde lejos o desde arriba, veías que parpadeaban sin cesar, como advirtiendo que la ciudad estaba viva y respiraba a un mismo compás, y que solo se había dormido.
En aquella noche del final de la primavera, cuando los árboles frutales de los bosques y de los huertos del extrarradio ya habían dejado caer la flor y habían cuajado en fruto verde, una muchedumbre agitada de nubes negras cubrió de golpe el cielo limpio, sin bruma y lleno de estrellas, y la ciudad, con sus plazas y sus calles y las ventanas encendidas de sus edificios, se volvió oscura…
Sobre la carretera principal, que arranca del otro extremo de la metrópoli, atraviesa el centro de la ciudad y por último pasa por encima de un puente de dos kilómetros de largo, había aparecido de pronto una escena rarísima e inaudita, o de cuento, y sembradora de espanto. Miles y miles de serpientes pequeñas y grandes, gruesas y delgadas, de todos los colores, venenosas y sin veneno, largas y cortas, como una sola familia de descendientes incontables y obedientes, se pusieron a reptar aprisa, en un orden firme y bien trabado, hacia el este y hacia el sur.
El Rey de las Serpientes se irguió un poco, con majestad, con pompa y con pensamiento. También la Reina Serpiente, llena de agitación, se enderezó al costado de su marido.
—Siento el pulso y el hervor rebelde de todos los animales del zoológico, ¿lo oyes? —dijo el Rey de las Serpientes, sin detener su marcha.
—¡Sí! —confirmó la Reina Serpiente.
—Se les está poniendo la sangre en hervor; algún genio o algún humano les levanta el espanto en el corazón y en los ojos, y la revuelta entre ellos —expuso el Rey de las Serpientes su parecer en lengua de serpientes.
—Todos los animales están encerrados dentro de jaulas de hierro… ¿qué es entonces lo que los agita? —dijo su duda la Reina Serpiente.
—Con todo, ¿lo sientes?, el aire del río, la onda de su agua, toman otro son. ¿Será que el agua del río siente también el peligro y la desgracia que están a punto de suceder? —preguntó el Rey de las Serpientes.
—¿Buscamos quizá algún modo de avisar a los hombres? —dijo la Reina Serpiente.
—No; ahora duermen todos despreocupados, y después ya no tiene sentido.
—¿Por qué? —se asombró la Reina Serpiente.
—¡Qué simple eres! Porque no entienden nuestra lengua. Cuando la ciudad despierte, cuando los hombres vuelvan en sí, ya lo sentirán ellos mismos. No son sordos ni ciegos de arriba abajo… ¡Reptemos más aprisa! —ordenó el Rey de las Serpientes a toda la gente de su linaje.
Cuando la muchedumbre de serpientes llegó a lo alto del famoso puente de la metrópoli, ocurrió otro fenómeno extraño y lleno de misterio: cada una de ellas, las de delante y las de detrás, se arrojó al interior del río… Todo aquello se parecía a un espejismo y a un sueño.
Al día siguiente se levantó un alboroto por toda la metrópoli y el espanto se apoderó de la gente, aunque acaso uno o dos millones de personas no creyeron en aquella marcha nocturna de las serpientes y la tuvieron por un rumor sin fundamento. Pero en algunas calles se encontraron coches que parecían haberse quedado yertos, y bajo sus ruedas yacían aplastadas varias serpientes de distintas clases. Lo más asombroso de todo era que todos los conductores y los pasajeros que iban dentro de aquellos vehículos habían perdido la vida y se habían quedado con los ojos abiertos. Por la tarde informaron de que aquellas personas habían muerto a causa de un miedo y un espanto que sembraban el terror…
Reconocieron al mono por sultán de los animales, y al zorro se le subió el sentimiento de la envidia, y con el pretexto de un tesoro escondido llevó al mono junto a un cepo y lo hizo caer en él. El mono lo cubrió de duros reproches. El zorro dijo:
—Oh mono, tú, que no sabes distinguir un tesoro de un cepo, ¿cómo puedes entonces ser sultán de los animales?
Aquella misma tarde el anciano recorrió con atención, hasta muy tarde, los alrededores del zoológico; a su parecer no halló ni fundamento ni prueba, ni advirtió nada que fuera motivo de inquietud. Por eso no encontró en sí el arrojo, ni lo consideró necesario, para inquietar en vano al director general. En verdad, ¿quién va a creer en sospechas personales y en la posibilidad de que estalle alguna calamidad, si es lícito hablar así? Los delirios vanos del anciano no los tendrán por más que tonterías. De todos modos dio orden de que ni aquella noche ni el día siguiente se soltara a los animales en el jardín. Preguntaron: «¿Por qué?». Dijo: «No lo sé». Estuvo a punto de decir: «Así me lo atestigua el corazón». Menos mal que no levantó el polvo antes que pasara el rebaño; si no, habría corrido entre los compañeros el rumor y el clamor de que el anciano se había vuelto loco… Al final, diciendo «¡sea lo que sea!» y al mismo tiempo «¡válgame Dios!», se fue a su casa preso de pensamientos sin fondo.
Si hubiera salido un poco antes, junto a la entrada principal de la orilla derecha del zoológico se habría encontrado sin falta con su nieto. Shervon no tenía intención de ver a su abuelo; en general, se esforzó por que lo vieran entrar en el recinto las menos personas posibles, y sobre todo ninguno de los empleados del zoológico. También la hora de visita llegaba a su fin, y de tarde en tarde la gente pasaba con prisa por delante de las jaulas de los animales. Shervon se perdió sin ser visto entre los visitantes y algo más tarde se guareció hacia el jardín, lleno de matas y de árboles. Sin saber que aquella noche no sacarían fuera a los animales, quería subirse a uno de los árboles frondosos y bien ramificados a los que unos días antes había echado el ojo, y esperar en medio del tronco, en un sitio cómodo para sentarse o para apoyarse. Aunque en aquel momento no tenía ni la más leve idea, ni podía tampoco prever, a quién ni a qué iba a estar esperando. Y hasta el amanecer, además. No lo comprendía en absoluto, pero sentía que alguna fuerza lo empujaba a emprender aquello. Y como su determinación era tan firme, metió dentro de su mochila moderna agua y pan y embutido y ajo, manzanas y tomates y pepinos, para que en la larga noche, si se quedaba de vigía sin nada que hacer, no le viniera el tormento del hambre…
Entretanto la oscuridad cubrió todo el contorno; ya no se veía a nadie, solo de trecho en trecho ardían mortecinas las luces de los paseos y las del lado de las garitas de las entradas. Así, por guardar las apariencias…
Así pasó la medianoche. Todo estaba quieto y en calma; solo de cuando en cuando el griterío o el rugido de este o de aquel animal turbaba el ambiente. Con todo, cada poco al nieto del anciano le entraba la modorra. Miró al cielo. Estaba del todo limpio y sin bruma, y también las estrellas parecían guardar silencio. «También ellas, por lo visto, están intranquilas como yo, y hasta les da miedo parpadear, o no encuentran ocasión de hacerlo» —pensó para sí Shervon.
En eso el agua de la orilla del río chapoteó, aunque a aquellas horas de la noche no soplaba viento ninguno. Por eso no le dio importancia. Pero el agua del río se alborotó otra vez con más fuerza. Y, Dios mío, Shervon vio con dificultad, en la penumbra, que unas criaturas salían del interior del agua. Parpadeó una o dos veces, se pellizcó el codo: no, no era sueño, estaba despierto. Las criaturas, que ahora se veían con toda claridad, salieron del agua y corrieron a la desbandada hacia la entrada del zoológico. Shervon se puso a filmar con su tableta, que por si acaso había dejado preparada de antemano. Aquellas criaturas, que se parecían a hombres altísimos y negros como la pez, abrieron de un solo empujón las puertas de las garitas de las tres entradas del zoológico, y uno de ellos, con una sola mano, como quien coge en la palma a un gato pillado en la comida, lanzó fuera sin piedad a los guardas soñolientos. Otra de las criaturas levantó a un guarda en vilo con las dos manos, como si fuera un palo seco, y le golpeó la cintura contra la rodilla que había alzado. Ninguno de los tres guardas tuvo siquiera ocasión de gritar.
Shervon, aunque el terror le había hallado camino hasta el corazón, se dominó y subió a una rama más alta del árbol. Y echó la mirada hacia la entrada de la orilla izquierda. También de aquel lado trajinaban criaturas semejantes. Ni un instante dejó de filmar.
Y he aquí que aquellos gules de cuya existencia los búhos habían dado noticia a su abuelo, y sobre cuya existencia ya no le quedaba tampoco a Shervon duda ninguna en el corazón, corrieron hacia las jaulas de los animales. Había llegado el falso amanecer y las estrellas del cielo iban desapareciendo de la vista una a una. El nieto del anciano vio que desde los cuatro costados los gules abrían sin esfuerzo, de un solo tirón, las puertas de las jaulas, y entraban junto a los animales…
En las incontables calles y avenidas de la metrópoli la vida despertaba cada día a las cinco de la mañana y su corriente crecía de instante en instante. Puede que los gules no supieran de esta particularidad; pero al despuntar el alba se alzó de golpe el estruendo de los rugidos y los bramidos de decenas, de cientos de animales del zoológico, y ellos se derramaron por las calles y las avenidas y las plazas de la gran ciudad todavía soñolienta.
A Shervon, que seguía en lo alto del árbol, tieso y yerto, con la tableta en la mano, y que se había quedado pasmado y suspenso de lo que veía, lo aplastó el espanto. Pese al suceso inaudito que había ocurrido ante sus ojos y del que fue testigo con los ojos de la cara, no perdió el juicio ni la fuerza de entender, y llamó a su abuelo:
—Abuelo, sé que usted se despierta temprano. Nuestra sospecha, la de usted y la mía, ha resultado cierta: los gules han echado a golpes a todos los animales del zoológico a los cuatro costados de la metrópoli.
—¡¿Y tú de quién lo has sabido?! ¿Y dónde estás ahora? —oyó, contra lo que esperaba, la voz serena del anciano.
—¿Yo? En lo alto de un árbol del jardín del zoológico. Voy a echar a la red de internet las imágenes que he tomado.
—No, no te precipites todavía. Espérame. ¿Has entendido? Llego enseguida. Lo demás ya lo veremos…
El primer ministro, que a lo largo de varios años había estudiado a tiempo, al hilo del estudio de la experiencia de otras metrópolis, muchas consecuencias de incendios y de inundaciones y de terremotos y de explosiones de gas y de accidentes de automóvil, de tren y de avión, y cosas por el estilo, en cuanto oyó que los animales se habían apoderado de la ciudad se quedó unos instantes asombrado y yerto. Semejante suceso era en verdad inaudito.
Su ayudante le dio medio vaso de agua de manantial. Se la bebió y volvió en sí. Dio orden de que declararan activo el estado mayor de emergencia y convocaran a sus miembros.
—¡Con toda urgencia! —gritó, y recalcó—: Hoy es sábado, día de descanso; por eso, aunque sea de debajo de la tierra, encontradlos. ¡Que se presenten enseguida!
El ayudante salió corriendo del despacho.
La secretaria avisó por la línea interior de que el alcalde de la metrópoli quería hablar con el señor primer ministro.
—¡Señor primer ministro! Se ha producido una situación muy mala, y hasta trágica.
—¿Y su propuesta, alcalde?
—En este mismo instante, si usted me lo permite, declararé el estado de excepción en el recinto de la metrópoli…
—Que la policía provea de guardias armados todas las guarderías y las escuelas y los colegios, los institutos y los hospitales. Mejor todavía si los vecinos guardan a sus hijos en casa. Ponga en pie todas las estructuras que correspondan. Que le informen a usted y a mí cada media hora. Usted mismo dé una vuelta por la ciudad, por sus centros principales, y entérese; es decir, véalo con sus propios ojos, para que sepamos de qué va la cosa y en qué punto está el asunto. ¡Y después, derecho a verme a mí! ¡El estado mayor de emergencia está activo!.. ¡Que le acompañe el éxito! ¡Y cuídese usted!
—¡Gracias, señor primer ministro! —y con esto se cortó la conversación.
En ese instante entró el ayudante, sin pedir permiso, con unos potentes prismáticos militares en la mano.
El primer ministro le miró a la cara como preguntando qué ocurría.
—He hecho llegar su orden a todos los ministros. Les he recalcado que primero tomen medidas según lo pidan las circunstancias y que después se presenten en el estado mayor de emergencia. Desde la azotea de nuestro edificio, la planta quince, la mayoría de las avenidas y las plazas de la ciudad se ven como en la palma de la mano. He pensado que, de todos modos, usted mismo podría echar una mirada a los lugares de la ciudad. Puede que se haga una idea general.
¡Los leones, reyes de las selvas, según cuentan las tradiciones huyeron de la mano del hombre al territorio del desierto vacío y de calor insufrible!..
Cosa de una hora después el primer ministro entró en la sala del estado mayor de emergencia. Los presentes en la sala se levantaron de sus asientos.
—¡Siéntense! ¡Tengan los teléfonos encendidos! ¡Cualquier noticia que llegue, avísenme enseguida! —ordenó, y se volvió hacia su secretario de prensa—: ¿Qué dices tú?
—¡Señor primer ministro! Todos nuestros canales y varios medios mundiales han difundido noticias y reportajes. Es decir, que el mundo entero está enterado. Pero sobre la causa de que el suceso haya estallado no hay ningún análisis concreto.
—¡Ministro del Interior! —dijo brevemente el primer ministro.
—El suceso ocurrió de improviso. Nadie lo esperaba. Conforme a lo que exige el estado de excepción, cientos de oficiales de policía han puesto bajo protección y vigilancia todos los edificios administrativos y del Estado, las veinte cadenas de televisión, todos los puentes grandes, los ministerios y las universidades y las escuelas y las guarderías.
—¿Es que cree usted que los animales van a dar un golpe de Estado? —preguntó con sorna el primer ministro.
—No, yo conforme al reglamento… Los helicópteros están estudiando la situación de la metrópoli y filmándola al mismo tiempo.
—¡Alcalde de la ciudad!
—¡Señor primer ministro! La situación es en realidad sumamente tensa. Cuando los animales salieron a las plazas y a las avenidas era justo la hora en que la gente va al trabajo. Es natural que, al ver delante de sí a las fieras, unas personas despreocupadas e ignorantes de lo ocurrido levantaran un alboroto y se lanzaran a los cuatro costados en busca de refugio.
—Díganme, ¿alguna fiera se ha echado sobre las personas o no? —preguntó el primer ministro.
—Sí —respondió el ministro del Interior—. En este mismo instante he recibido el parte. Cuando una pareja de leones salió a una autopista de tráfico veloz, los conductores se turbaron y decenas de coches sufrieron accidentes. Unas cuantas personas, por desgracia, han muerto, y algunas han recibido heridas. Vista la situación que se había producido, un policía disparó al león con su pistola. Y la leona se echó sobre él y le desgarró el cuello a dentelladas… Y ha huido…
—¿Quién ha dado orden de disparar contra los animales?
—¡Nadie! Al parecer, por miedo y con la intención de devolver la situación a su cauce.
—Adviertan otra vez a cada uno de los policías, no vaya a ser que por su propia voluntad dispare contra cualquier animal que se le ponga delante.
—¿Se ha convocado al director general del zoológico?
—No —dijo el ayudante—. Él no es miembro del estado mayor. La culpa es nuestra; disculpe, ahora mismo lo arreglamos.
—No hace falta —respondió el ministro del Interior—. Nosotros lo detuvimos esta mañana en su casa.
—¿Por qué culpa suya? —preguntó el primer ministro.
—¡Sabe cuándo va a morirse él, pero de la rebelión o de la fuga de los animales del zoológico no sabe nada! Han pensado que iba a escaparse. Por si acaso lo han detenido. He dado orden; ahora mismo lo traen.
—Pido perdón, señor primer ministro —se levantó de su asiento el ministro de Sanidad—. Los coches de la «ambulancia» han llevado a los hospitales cerca de cien personas que, en la angustia por su vida, habían caído y, al levantarse, habían resultado heridas.
El primer ministro no dijo una palabra. Con el ánimo abatido, quería digerir los datos que hasta ese momento había oído y comprender el fondo de la cosa. Se hacía difícil entender y figurarse cómo una ciudad grande, en calma y sosiego, se había convertido en un instante en un lugar de espanto; y no digamos verlo: de solo oírlo se le pone a uno la carne de gallina y le recorre un escalofrío. Según decían los responsables, cabía sospechar que un remolino de genios había cubierto la metrópoli de un extremo a otro y, conforme a las noticias de otras fuentes, algunas personas de voluntad débil o de cuerpo enfermizo habían caído muertas en el sitio, como fulminadas por un rayo.
—¡Señor primer ministro! —se levantó de su asiento el alcalde de la ciudad—. Una turba de monos, grandes y pequeños, ha atacado el mercado del norte y ha dispersado a compradores y vendedores. El dueño de un puesto de plátanos le ha clavado un cuchillo en el vientre a un mono, y el animal ha quedado tendido, herido y ensangrentado. Los demás monos han cogido a aquel hombre bajo sus pies y…
—¿Por qué te has quedado callado? —preguntó el primer ministro, con el ánimo encogido.
—No se sabe si está vivo o muerto. Ninguna de las personas que se han refugiado dentro de las tiendas tiene el arrojo de acercarse. Dicen que los monos saltan y brincan y se alegran encima y alrededor del cuerpo de aquel desgraciado, como si bailaran. Y además, llenos todos de cólera, nuestros antepasados remotos han esparcido por el suelo todas las mercancías del mercado, que se han quedado sin dueño…
—¡Pero si esto no es un zoológico, sino una casa que engendra calamidades! ¿Es posible que también los animales levanten una rebelión? Todos los malhechores que han soltado a las fieras y las han echado a la calle deben ser detenidos —dijo alguien.
—Primero hay que encontrarlos —soltó otro.
Nadie prestó atención a estas voces.
Sonó su teléfono especial, blanco como la nieve. El primer ministro echó un instante la mirada a su pantalla encendida. A este teléfono suyo tienen derecho a llamar en total diez o quince personas, y aun eso en situaciones de emergencia. Pero el dueño del número que llamaba del otro lado le era desconocido, y por eso no respondió. Además, su ayudante le comunicó que habían traído al director general del zoológico.
—¡Hágalo pasar! —ordenó, todavía de mal talante.
El director era un hombre alto y serio, que se veía aterrado. Saludó a duras penas y se quedó esperando con la cabeza baja.
En ese momento el secretario de prensa se levantó de su sitio y pidió permiso para encender el televisor. Aquel hombre no emprendía nada en vano. Por eso el primer ministro hizo una seña de asentimiento.
—El presidente de la cadena mundial ha avisado de que sus periodistas han preparado un reportaje asombroso y de que en este mismo instante se emite.
Todos se volvieron hacia la pantalla grande.
—¡Acerca del hombre loco! —dijo el locutor.
—¡Ahora mismo solo nos faltaba un loco! —añadió con asombro el primer ministro.
—No es un loco cualquiera, es un loco predicador. Todas las mañanas temprano, por su vieja costumbre, viene junto a la gran fuente de la Plaza de la Desdicha y, sea invierno o verano, nieve o lluvia, lo mismo le da, dice su sermón. A él siempre le parece que miles de personas escuchan su discurso con toda el alma y todo el oído. Cuando se le calma el corazón, se va después contento a su casa. Esto lo sabe muy bien la gente de los alrededores de aquella plaza.
El reportaje era en verdad interesante.
Aquel hombre enjuto, de pantalón y chaqueta viejos y raídos, hablaba entre dientes, en un susurro, con gusto y con gana. Y… leones y lobos y osos y un leopardo, uno o dos monos, un avestruz, habían rodeado al loco y, sentados muy quietos, escuchaban sus «reflexiones». Cosa asombrosa: en la mirada del hombre no se sentía ni una pizca de miedo ni de espanto. Era como si el loco y aquellos animales llevaran años encariñados el uno con los otros… y los periodistas interpretaron su reportaje como el enigma de la tragedia ocurrida…
El primer ministro, como si acabara de encontrar el cabo de aquel enigma, se volvió hacia el director general del zoológico.
—Tu cara y tu facha traen a la memoria a una gallina caída al agua. A ver, di: ¿qué crees tú que ha ocurrido? —preguntó el primer ministro.
—No lo sé… Tampoco puedo explicarlo. Ayer al atardecer decenas de animales levantaron un griterío tremendo. Dentro de sus jaulas. No entendí en absoluto la causa. Después di orden al anciano de que fuera y averiguara la situación. Un poco más tarde todos los animales se calmaron.
—¿Qué anciano?
—Un empleado del zoológico.
—¿Y qué es él, un domador acaso, para que con una sola seña suya se calmaran todos los animales que habían levantado el alboroto? —preguntó el primer ministro.
—Es difícil decir nada con exactitud… Pero…
—Perdone, señor primer ministro —se levantó de su sitio el ministro del Interior—. Por miedo a que los lobos se les echaran encima, dos estudiantes se arrojaron al agua desde lo alto del puente que cruza el río. Sin saber que abajo hay colocadas grandes losas de hormigón y que el agua del río apenas las cubre. Los dos han muerto…
—¿Hasta cuándo vamos a estar oyendo noticias de duelo? ¿Tiene fin este asunto o no? ¿Ha llegado acaso el día del Juicio Final? Nos hemos convertido en el blanco de todos los dedos, los pueblos del mundo se ríen de que no seamos capaces de coger de la brida a cuatro animales.
—No son cuatro, señor primer ministro, sino muchos más —masculló el director general del zoológico.
—A propósito, ¿cuántos animales se han escapado?
—Todo el zoológico, salvo las crías pequeñas de las fieras y de los herbívoros, que se han quedado atónitas dentro de las jaulas pequeñas: trescientas sesenta y siete cabezas en total… Veintitrés osos leonados, treinta y dos monos, doce parejas de leones, dos elefantes, siete parejas de avestruces, cinco parejas de cabras monteses, nueve tigres…
—¡Basta! —gritó el primer ministro—. Si tan sabio eres, ¡¿te habrías muerto acaso por guardar bien a los animales?! Por culpa de un jefe como tú, la metrópoli se ha convertido hoy en campo abierto y libre, o en plaza de paseo y de desmanes para las fieras. ¿Te haces tú cargo o no?
El director general del zoológico se quedaba con la cabeza baja y mudo, de miedo y de vergüenza…
—¡El animal a quien le alcanza el juicio y advierte la piedra que el hombre lleva escondida en el pecho puede salvarse hasta de un golpe mortal! —dijo la urraca de larga cola, y dejó solos a sus hijos ya criados y se echó a volar…
El teléfono especial del primer ministro volvió a sonar. Aquella misma persona desconocida pedía con insistencia hablar con él. «¿Quién muestra tanta insolencia en una situación tan estrecha y tan sin salida?». Por más que se esforzó en recordar, no lo consiguió. El primer ministro tenía cambiados por el nombre o el apellido de sus dueños todos los números que solían ponerse en contacto con él directamente. Pero este número era desconocido…
—¡Perdone, señor primer ministro! —se levantó otra vez de su sitio, lleno de agitación, el ministro del Interior—. Dos o tres lobos y un tigre y un chacal han irrumpido en el matadero. Por lo visto han olido la sangre de las reses degolladas.
—¿Es que el olor de la sangre y de la carne se esparce al aire de fuera? ¿Por qué hasta ahora no le había llegado a la nariz de nadie? —preguntó el primer ministro—. ¿Quién responde de esto?
—No lo sé; puede que las fieras huelan la sangre desde muy lejos…
—¿Han hecho daño a las personas o no? —preguntó con inquietud el primer ministro.
—No —dijo el ministro—. Todos han huido y se han escondido. Los animales se han lanzado sobre los cuerpos de las vacas y las ovejas desolladas y colgadas de los ganchos. Es decir, se están llenando la barriga. Los empleados de aquella nave grande aprovecharon la ocasión y salieron fuera. Cosa asombrosa: al ver la carne, las fieras no prestaron ni la menor atención a la desbandada de la gente…
La cadena mundial de veinticuatro horas emitió uno tras otro dos reportajes.
…Siete u ocho jaurías de perros vagabundos de razas distintas corren libres por las calles y las plazas de la metrópoli. Sus gruñidos y sus ladridos levantaban espanto en el corazón de los escasos transeúntes…
… El otro mostró imágenes de cómo cientos de caballos desnudos, es decir, sin silla, del criadero de caballos de raza se habían derramado por las avenidas de la ciudad. Ebrios y libres, a galope tendido, habían pisoteado decenas de hectáreas de sembrado, las tierras de la provincia de la metrópoli, y habían llegado hasta las avenidas de la ciudad…
—Uno se hace la idea de que la metrópoli se ha quedado sin dueño —concluyó el comentarista…
Cada noticia nueva sobre los sucesos de la calle levantaba una especie de pavor en el corazón de los presentes, pero el primer ministro seguía impasible. Escuchaba a los demás con atención, de cuando en cuando respondía, preguntaba. Pero un rincón de su cerebro, quizá algunas células sueltas de él, buscaba por instinto el remedio del suceso, escarbaba en busca del camino de la salvación. Era difícil llegar a una conclusión definitiva. ¿Dar orden a los tiradores de que fueran abatiendo a los animales uno a uno? ¿Y cómo? ¿En pleno día, y encima delante de la gente? Está claro que todos los periodistas de las cadenas famosas del mundo están preparados y acechan en qué va a acabar esta desgracia. Y además, ¿de dónde sacamos tantos tiradores? ¿O echamos mano de los oficiales del ejército? ¡No, eso queda descartado, está claro! Si tal cosa ocurriera, los pueblos del mundo nos tendrían por culpables de crueldad y de incapacidad. Si se hubieran escapado de la cárcel unos condenados, sería otra cosa. Ahora que se trata de cuadrúpedos sin lengua, aunque anden sueltos y sin amo, matarlos a las claras es una crueldad. Hay que encontrar algún otro remedio…
—¡Señor primer ministro! —se enderezó el alcalde de la metrópoli en cuanto cortó su conversación telefónica—. Una pareja de elefantes heridos está volcando y poniendo del revés con la trompa cada coche que se les pone delante… Dios mío, cuesta figurárselo: no sé qué idiota de la policía disparó contra uno de los elefantes y les despertó la cólera y la furia. Ya hay decenas de coches, nuevos y viejos, hechos papilla, según dice el jefe de policía. Están pidiendo permiso para matar a los animales.
—¡No! —se levantó de su sitio el primer ministro—. No tenemos derecho a semejante medida. ¡Hasta ahora ningún animal ha hecho daño a nadie por su propia voluntad!
—¿Y si —propuso el alcalde, con los ojos brillantes, como si acabara de hacer un descubrimiento— derribáramos a los animales con dardos especiales de los que aturden y los arrastráramos hasta sus jaulas?
—¡Idea excelentísima! —lo rechazó con sorna el primer ministro—. A una seña de la varita mágica, las fieras se reunirán en la plaza desde los cuatro costados de la ciudad y se pondrán derechas en formación. ¡Y se quedarán esperando a que usted apunte con toda comodidad y les dispare al cuerpo el dardo que aturde!..
El alcalde, avergonzado, no dijo palabra y se sentó en su sitio.
El ministro de Seguridad, que casi sin parar hablaba por sus teléfonos y daba órdenes, se levantó de su sitio. Todavía no había abierto la boca:
—¿Otra noticia mala e inaudita? —preguntó el primer ministro.
—A la vez, de una sola vez, han saqueado tres joyerías.
—¡¿Las fieras?!
—No, claro que no, señor primer ministro —dijo el ministro de Seguridad—. Tres bandas de delincuentes desconocidas.
Un instante de silencio cubrió la sala.
—¡Señor primer ministro! —se levantó de su sitio el ministro del Interior.
—¿Otra mala noticia?
—Sí. Pero no se me vuelve la lengua para…
—Cuando el agua ya te pasa de la cabeza…
—Esta vez tres monos armados llegaron en un coche, dispararon a los guardias del banco de inversión extranjera y se llevaron de saqueo todo el dinero en efectivo del banco. Varios millones…
—¿Monos armados?
—Sí… Por las grabaciones han determinado que eran muy ágiles y muy expertos…
—¿Y del lugar del suceso habrán desaparecido también?
—Lo ha adivinado usted con exactitud… Han abierto causa criminal. La instrucción ha comenzado. Dicen que hablaban en lengua de monos, pero se vio con claridad que tenían los hocicos rígidos y no se les movían.
—Es decir, que alguna banda de ladrones salteadores ha dado su golpe al amparo de la oscuridad…
—Por lo visto, así es.
—¿Cuándo llega a su fin esta desgracia? ¿Es que nadie tiene una propuesta concreta? ¿Se hacen ustedes cargo de que este suceso pone del todo en duda, a los ojos del mundo entero, el nivel de nuestra competencia y de nuestra capacidad, la de ustedes y la mía?
—¡En internet han escrito esa misma idea! —levantó de pronto la voz el secretario de prensa. Dio la impresión de que, confirmando lo dicho por el primer ministro, quería congraciarse.
—¿Qué han escrito?
—Han echado en cara que el día va por la mitad y han estallado decenas de sucesos, pero el gobierno del primer ministro fulano de tal muestra torpeza e impotencia…
El teléfono especial sonó de pronto. Otra vez aquel mismo número desconocido. Esta vez el primer ministro no dejó que se le pasara ningún pensamiento por la cabeza y respondió:
—¡Diga! ¡Le escucho!
—¡Menos mal! ¡Salud, señor primer ministro!
—¡Salud! ¿Quién habla?
—Soy aquel cazador que hace unos años le sirvió de guía en una cacería. ¿Se acuerda usted?
—Sí —dijo con indiferencia—, pero ahora estoy en una reunión de emergencia —quiso acortar la conversación.
—Yo tengo noticia de quiénes soltaron por la ciudad a las fieras del zoológico.
—¿Lo dice en serio? ¿Dónde está usted?
—Llevo más de una hora junto a la entrada de su palacio. Los guardias no me dejan pasar. He llamado varias veces, y por desgracia… sin resultado…
—Espere un instante —y el primer ministro levantó el auricular del teléfono directo de sobremesa, dio una orden al jefe de la guardia y se volvió hacia los presentes—: ¡Dentro de unos minutos sabremos quién ha servido de medio para hacer huir a los animales! Y cómo todos los candados de las grandes jaulas de hierro se abrieron por sí solos en un instante.
Esta noticia del primer ministro llenó a todos de asombro.
Y se abrió la puerta y entró el anciano.
El primer ministro lo reconoció entonces.
—¡Ahí está! ¡Ahí está! —gritó de golpe el director general del zoológico, desesperado y con el ánimo hundido—. Ahí está el hombre que yo tenía en mente. Hay quien dice que él sabe y entiende la lengua de los animales. Quién sabe, quizá haya tenido mano en que estallara todo esto…
El primer ministro sonrió. Y, como a un conocido íntimo y cercano, abrazó al anciano y le preguntó cómo se encontraba.
Al primer ministro le vinieron de pronto a la memoria la maña y la agilidad, la viveza y la sagacidad del anciano; sabía que, andando por montes y bosques en compañía de aquel cazador consumado, no había peligro ninguno, ni siquiera al encontrarse cara a cara con un oso, un león o un tigre.
—Ante todo dime, mi noble amigo: ¿tú qué tienes que ver con el zoológico y con toda esta desgracia?
—En realidad, nada. Soy un empleado corriente del zoológico.
—¿Desde cuándo?
—Hará unos tres años.
—Bueno, ¿y qué secreto hay aquí?
—Cuesta creerlo. Pero, tenga —el anciano sacó una memoria USB del bolsillo interior de su chaqueta—. Por casualidad se ha grabado.
El primer ministro clavó un instante los ojos en la memoria. Quiso hacer una pregunta, pero cambió de parecer. Miró al secretario de prensa. Este se acercó enseguida, cogió la memoria y la conectó al televisor grande.
—¿La vemos? —preguntó el ayudante.
—¡Sin falta! —autorizó el primer ministro—. ¡Y de inmediato! ¡Ahora mismo!
Los osos, que en otro tiempo fueron hombres, por su ingratitud y por obra de la maldición de unos árboles fabulosos, los pinos, se convirtieron en osos y se hicieron habitantes del bosque…
Después de ver la grabación, el primer ministro, que estaba de pie, se quedó mudo y se sentó en su sitio. Él esperaba cualquier cosa, pero no la existencia de los gules.
—Aquellas criaturas, ¿son de verdad gules, o gente malvada con cara de div y mudada de ropa? ¿Alguno de ustedes puede explicarlo?
Nadie halló el arrojo de despegar los labios. Los actos de los gules quedaban fuera del alcance del entendimiento humano.
—¿De dónde aparecieron los gules?
—Del interior del agua —dijo uno.
—Lo he entendido, yo mismo lo he visto también, pero ¿de dónde: del fondo del río o de la otra orilla? ¿O bajaron del cielo?
—Eso no está en la grabación —soltó el mismo hombre.
—Mientras no haya ocurrido una desgracia mayor, y mientras no se sepa adónde han desaparecido los gules ni qué otro propósito impuro traen, vamos a pensar. Nuestra metrópoli se ha convertido en el espectáculo del mundo. ¡Todos esperan a ver cómo acaba este suceso! Bueno, el día va por la mitad: ¿qué propuestas concretas hay?
—He recibido un informe, señor primer ministro —dijo el ministro del Interior—: el Tribunal Supremo no ha dado permiso para disparar contra los animales que se han derramado sobre la ciudad. Nosotros habíamos acudido a él por la mañana, por si acaso.
—¿Oficialmente? —quiso precisar el primer ministro.
—¡Sí! ¡Por escrito!
—¿Y si los soldados los fueran capturando uno a uno con redes resistentes? —dijo el ministro de Defensa.
—Todos los animales están esparcidos y desperdigados por los distintos rincones de la metrópoli. A mí me parece cosa imposible. Pero, de todos modos, examínenlo. Quién sabe, si nos vemos obligados…
El primer ministro buscaba una salida.
El anciano también.
—¡Tú, lobo necio, has quedado preso en el cepo! —rio el zorro astuto—. ¡Antes de morir haz oración y pide a Dios el perdón de tus pecados innumerables! —y se comió el sebo del cepo y huyó meneando la cola.
Por fin el anciano, que estaba allí de manera no oficial, igual que el director general del zoológico, levantó la mano.
—¡Mi noble amigo! Tenga la bondad; quizá de su boca salga alguna propuesta que sirva.
El anciano se levantó pensativo de su sitio y se adelantó.
—En el fondo, estos animales que hoy andan perdidos y errantes por las calles y las avenidas y las plazas por voluntad de no se sabe qué fuerza súbita y desconocida son criaturas inofensivas. La mayoría de ellos, al fin y al cabo, han nacido y se han criado dentro de una jaula. Creían que la vida era eso. Solo algunos de ellos recuerdan el medio libre del bosque y del monte, del valle y del desierto, y nada más…
—No dé usted tantos rodeos; entre tanto circunloquio se nos va a hacer de noche —le cortó la palabra alguien, de improviso y a destiempo.
—No sé quién es usted, sabio del siglo, pero yo no le he metido la tijera a la palabra de nadie. Y no estoy hablando con usted, sino con el señor primer ministro.
—¡Ha dado usted una respuesta digna, mi noble amigo! No hace falta ninguna objeción mía. Continúe usted. Le escuchamos. ¡Perdone!..
—Mi parecer es que aquellos animales, aunque la mayoría de ellos sean fieras, no tienen culpa. Alguien o algo, ustedes mismos lo han visto, los ha empujado a esto. Además, cada uno de estos animales está acostumbrado a las personas. Porque cada día venían al zoológico miles de personas, chicas y grandes.
Ahora bien, si el propósito es devolver a estos animales a sus casas, hay un camino. De todos modos hace falta probarlo y ver; puede que sea de provecho y dé resultado. Sepan ustedes que en el zoológico soltábamos a veces a los animales al espacio libre del jardín de alrededor. Y ocurría también que los animales se ponían tercos durante mucho rato y no querían entrar en la jaula. La verdad sea dicha, lo pasábamos mal. Por consejo de un amigo mío —el anciano, por alguna razón, no quiso decir que era consejo de su nieto Shervon— grabamos y emitimos las voces y los chillidos, o los gritos y los llantos, de las crías pequeñas de los leones y los lobos, de los tigres y los chacales, de los zorros y los jabalíes, de los elefantes y los osos y los leopardos, en suma, de todos los animales. Se lo imaginan, la cosa dio resultado —los animales, como si llevaran semanas sin ver a sus crías y las echaran de menos, corrían desalados hacia las jaulas…
El anciano se quedó callado.
—¿Y ya está? —preguntó el primer ministro con cierto asombro.
—Sí —oyó por breve confirmación.
—Esas grabaciones, es decir, las voces de las crías de los animales, ¿dónde se guardan? —se interesó el primer ministro, adivinando el propósito de su noble amigo.
—Aquí, en esta memoria. Si quieren, escúchenla. Está grabada con mucho arte y mucha fuerza.
Y en verdad era así. Nadie dijo ni palabra mientras se oían las voces atropelladas de las crías de los distintos animales, cada una de las cuales se alzaba por separado.
—En este mismo instante hagan copia del material; que lo emitan y lo hagan sonar por los monitores especiales instalados en las plazas y las calles y las avenidas de la metrópoli. Puede que los animales lo vean y lo oigan y… Quiera Dios que les llegue al corazón. ¡Ministros del Interior y de Defensa, ustedes son los responsables! ¡Presten ayuda!
El anciano sintió que el primer ministro, cuando venía al caso y hacía falta, sabía hablar y dar órdenes con la mayor firmeza.
—Los caminos de vuelta al zoológico deben quedar libres. Cuiden de que dejen abiertas las puertas de las jaulas. ¡Todos a cumplir la orden! Si hace falta, los convocarán. ¡Que Dios sea nuestro amigo y nuestro guía! —al parecer el primer ministro puso punto a la conversación.
—Tengo todavía una petición —dijo el anciano.
El primer ministro, que ya quería ocuparse de otros asuntos, se detuvo y se volvió hacia su amigo.
—Dé la orden de que traigan aquí en helicóptero a aquel cazador de casta y empedernido, ya que el tiempo apremia.
—¿Es que hace falta?
—Sí, señor primer ministro. Él también puede conversar hasta cierto punto con cada fiera y cada reptil. ¡Al trompetero le cuesta un solo soplo! Puede que dé resultado.
—¿No es peligroso quedarse a solas, cara a cara, con fieras que han probado el sabor de la libertad?
—Debemos aprovechar la más pequeña de las posibilidades —se mantuvo firme el anciano en su propuesta—. Aquí tiene las señas de donde vive.
—Déselas al ministro del Interior. Que envíen un helicóptero.
—¡A la orden! —exclamó el ministro.
—¡Gracias, mi noble amigo! —y el primer ministro estrechó la mano del anciano…
Cuando todos salieron apresurados, el primer ministro se quedó solo. Llamó a su ayudante:
—Gracias a los animales me he olvidado hasta de desayunar esta mañana. ¿Se encuentra en esta casa siquiera té o café, pan, embutido y queso?
—¡Por supuesto, señor primer ministro! Con eso de la reunión urgente se han hecho las tres de la tarde y nos hemos olvidado de comer —respondió el ayudante.
—Quiera Dios que la experiencia de mi noble amigo sirva de ayuda. Si no, no me pasa por la garganta ni el agua. En cuanto hayamos apartado esta desgracia, ¡algún día de descanso me iré con él de caza sin falta!.. ¡Sin falta!
—Yo, que no tengo letras que valgan la pena, ¿por qué me empeñé en leer el secreto del sello de oro en el casco del potro? —se reprochaba el lobo ignorante y necio…
Caía la tarde.
Cuando decenas de leones y tigres, osos y lobos, monos y avestruces, zorros y chacales, en suma, todos los animales que en apariencia habían tomado la ciudad bajo su dominio, oyeron y vieron por los incontables monitores de las calles y las avenidas que sus crías, a causa del incendio del zoológico, en las ansias de la muerte se lanzaban de un rincón a otro de la jaula de hierro, primero cayeron en el asombro, después comprendieron, al parecer, el alcance del peligro que había caído sobre los hijos de sus entrañas, y, como bajo una sola orden, echaron a correr todos hacia la isla. Corrían a ciegas, querían llegar cuanto antes a aquel lugar en llamas y salvar a sus propias crías queridas.
La gente que por casualidad se encontraba en su camino, sin saber el fondo del asunto, huía en las cuatro direcciones; algunos miraban desde un lado, desde el balcón de sus edificios altos, con agitación y con miedo y espanto. No comprendían en absoluto por qué aquellos animales sueltos y sin amo corrían a toda velocidad en una sola dirección.
Todo el recinto de la metrópoli había caído en aquel mismo estado, y a los ojos todo aquello resultaba un enigma.
Se encendieron las luces de las farolas hermosas y modernas de la ciudad.
La gente sospechaba que quizá en adelante sería así todos los días. Que los animales, cuando quisieran y adonde quisieran, podrían correr a galope, alborotar a la sociedad y ponerla en desorden.
Las gentes sencillas y crédulas se acostumbran fácilmente a este o aquel fenómeno y le dan crédito; y aun cuando no le den crédito, se quedan despreocupadas e indiferentes y, diciendo «¡queda encomendado a Dios!», se ponen a sus tareas y a sus afanes de cada día.
Los animales del zoológico no sabían nada de esto; ellos estaban en la pena de que sus crías quedaran a salvo del fuego, y un solo pensamiento los atormentaba: si podrían prestar la más mínima ayuda para salvar a los hijos de sus entrañas, indefensos y caídos en las fauces del fuego, ¡o no!
Corrían sin parar, desalados. Ningún animal prestaba atención a ningún otro, porque todos estaban presos de una misma calamidad devastadora.
En el instante en que, jadeando, entraron uno tras otro por los cuatro pasos y portones en el territorio del zoológico, no daban crédito a sus ojos: alrededor no había señal de llama de fuego. Con todo, se lanzaron a las jaulas, y al ver dentro de las jaulas pequeñas de al lado a sus crías ilesas, en calma y sosiego, el corazón les volvió a su sitio y el pulso se les fue serenando despacio, despacio, hasta el compás natural.
Solo advirtieron que las puertas de sus jaulas, que habían estado abiertas todo el día, se cerraron con un fuerte estrépito, como a una seña de no se sabe qué criatura. Aunque aquello no tenía ninguna necesidad ni ningún sentido, porque ya no tenían gana de salir otra vez fuera ni de entregarse a desmanes…
… El joven filmaba entera aquella escena; se le tranquilizó un poco el ánimo al ver que, de todos modos, los animales habían vuelto a su casa. Pero sentía no sé qué peligro invisible.
En ese instante le vibró el teléfono. En la pantalla apareció el rostro de su abuelo.
—¿Dónde estás? ¿Estás sano y salvo?
—Sí. Estoy en la plaza… —le entró vergüenza de la mentira que había dejado salir de la boca—. ¿Qué ha sido de la suerte de los animales?
—Han vuelto todos. El zoológico está otra vez lleno de animales…
—Bueno, que acabe todo bien. Cuídese usted. Las puertas de las jaulas…
—Figúrate, cosa asombrosa: aquellos mismos gules cerraron una a una las puertas de las jaulas; me han facilitado el trabajo.
—¿Y dónde están ahora esos gules? No vayan a hacerle daño a usted…
—No, no te preocupes. Del mismo modo invisible en que aparecieron, así desaparecieron, como si se hubieran hundido de cabeza en el fondo de la tierra.
—Asombroso…
—Yo mismo estoy admirado. En el zoológico no hay nadie con quien cambiar impresiones sobre lo que he observado y sobre cómo están las cosas…
—Váyase usted también a casa. Mañana algo se sabrá.
—Doy una vuelta al zoológico y después lo pensaré.
—Manténgase lejos de la desgracia, abuelo. Se lo ruego, váyase a casa, que…
—En comparación con la desgracia que se ha levantado hoy y ha puesto en clamor la ciudad entera, con los cientos de personas que han muerto por culpa de la rebelión de los animales, ¿es posible que se ponga peor todavía?..
—¿Quién sabe? La situación sigue pareciendo intranquila. La agitación de la ciudad no se ha apaciguado.
—¡Sea lo que sea, nieto de mi alma!
—¡Que Dios sea su guardián!..
El joven, desde el puesto de vigía improvisado que había dispuesto en lo alto del árbol del jardín del zoológico, se llevó a los ojos los prismáticos militares y volvió a la observación: cada animal estaba de pie, tieso, como si se hubiera quedado petrificado y hubiera tomado forma de estatua.
Dejó los prismáticos… Y de pronto, como si le hubiera venido a la memoria algo que se le había escapado, volvió a llevárselos a los ojos.
Todo el espacio del zoológico se veía verde y luminoso. De pronto le llegó a los ojos que hacia el portón reptaba no sé qué criatura. Echó la mirada hacia los otros portones: allí también reptaban de uno en uno.
El joven se puso a filmar. No se figuraba qué suceso iba a ocurrir. Pensaba que serían aquellos mismos gules que se le habían aparecido a su abuelo y que quizá iban a abrir otra vez las puertas de las jaulas.
Pero ay, no eran gules, sino hombres vestidos de negro y con máscara, sumamente ágiles, con armas silenciosas en la mano. Contra lo que se esperaba, no abrieron las puertas de las jaulas de hierro: se acercaron y, desde los cuatro costados, empezaron a abatir uno a uno a aquellos animales que habían vuelto a su morada de siempre para salvar a sus crías…
¡Dios mío! ¡Qué sangre fría! Filmaba cómo, con maña, con gusto y con deleite, disparaban a la cabeza y al cuello de los animales, y aquellos animales, ignorantes del juego del hombre y del mundo y del destino, caían derribados y, mirando con ojos asombrados al cielo limpio, agonizaban, agonizaban…
Al mismo tiempo, algunos de ellos, con el alma en los labios, veían que enderezaban el cañón de sus pistolas silenciosas también sobre las cabezas de aquellas crías que estaban en la jaula de al lado; y las pobrecillas, que ni una sola vez habían salido del interior de la jaula a la libertad, que no saben lo que es la libertad, caían de golpe, una tras otra, bajo el impacto desgarrador de la bala, y morían pataleando…
El joven no dejó de filmar.
No sé qué vena y qué nervio de su cuerpo le enviaban en secreto la noticia de que aquello no era el final de la tragedia…
Pero los hombres de negro y con máscara desaparecieron sin ser vistos del lugar del suceso, y un instante después surgieron de alguna parte dos o tres semejantes a ellos con un arma parecida a un fusil automático en la mano. ¿Es que iban a disparar contra los animales muertos?
De la punta del cañón de sus automáticos, en aquella noche oscura (porque de pronto la red eléctrica de la ciudad había dejado de funcionar), no llovían en realidad balas, sino fuego.
El cuerpo de cada animal ardía. Un humo negro se enroscaba hacia el cielo…
El joven interrumpió la filmación.
Llamó a su abuelo.
El teléfono del abuelo no respondía.
El sonido del timbre abría brecha en el corazón de la noche. Pero el abuelo, que yacía con la cara vuelta al cielo en la fila de los animales sin vida del zoológico, no tenía modo de responder.
La ciudad se había convertido en una criatura sorda, muda y ciega.
La riqueza del zoológico se hundía en las fauces del fuego, y, salvo el joven, nadie parecía ver su llama. Y a nadie le ardía el corazón.
A medianoche el joven fue solo a lo más hondo del recinto del zoológico y, palpando y palpando en la oscuridad cada palmo de su suelo, encontró el cuerpo de su abuelo, tiroteado y quemado; lloró amargamente, amargamente, y en un rincón, de los que quedan más lejos del agua, lo entregó a la tierra con dolor.
Despuntaba el falso amanecer.
Envió una oración a su alma pura.
Que no lo sepa nadie, ni siquiera mi padre y mi madre y mi hermana; que se figuren que el abuelo se fue de caza y desapareció sin dejar rastro. Así su dolor menguará antes.
El Hombre, la primera vez que vio un camello, se asustó y huyó; después se encariñó con su carácter manso y, cuando comprendió que era un animal del todo inofensivo, se envalentonó, le echó el ronzal en la boca al animal y, montando encima a su hijo, lo puso en camino…
Al día siguiente se difundió un comunicado oficial en todos los medios de información y también en las redes de internet. Por él la gente se enteró de que por la noche, por causas hasta ahora desconocidas, el zoológico se había incendiado y todos los animales habían ardido. Y de que los organismos competentes están investigando las causas de este suceso…
Hicieron saber asimismo que los responsables del parque zoológico habían sido detenidos y que responderán ante la ley.
¡Y se acabó!
Shervon, sin que hubiera despuntado todavía el ojo del día, llegó a la casa de su abuelo. Todo el ajuar de la casa guardaba un orden y un concierto particulares. En medio de una mesa grande, redondeada por los dos extremos, el anciano había puesto la fotografía familiar con su marco dorado. En ella estaban retratados el abuelo, la abuela, su hijo, Shervon y su hermanita. El abuelo, con aquel mismo semblante serio suyo, sonreía un poco…
Y a su lado, un sobre grande… Shervon lo abrió. Leyó el testamento del anciano. Por primera vez en su vida se sintió solo, completamente solo. Se trajo ante los ojos el rostro de su abuelo. Después se bañó y se fue al trabajo…
Si el Hombre fuera capaz de ello, junto al caballo y la vaca, el camello y el perro, el gato y la oveja, convertiría en animales domésticos a todos los demás animales y destruiría por entero el equilibrio de la naturaleza…
Una hora después apareció en las redes informativas del mundo la grabación auténtica del suceso sangriento y trágico del zoológico: la matanza sin cuartel de los animales y la quema de sus cuerpos. Esta crueldad hizo temblar a todos en los rincones más apartados del planeta. El primer ministro del país explicó la situación y echó la culpa y el pecado sobre el cuello de los gules bajados de detrás del monte fabuloso de Qaf; es decir, que primero se pusieron de acuerdo con los animales y los sacaron a todos a la calle, y después los mataron a tiros sin piedad y los quemaron…
Años 2015-2016